Wilford Woodruff: Nació un día como hoy el 4to presidente de la Iglesia


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Wilford Woodruff nació el 1º de marzo de 1807 en Farmington, Connecticut, es el 4to presidente de la Iglesia y es recordado por diversos acontecimientos históricos de la Iglesia. Le invitamos a conocer más de este extraordinario profeta que hizo mucho por el fortalecimiento del evangelio en su generación y cuya influencia a trascendido en el tiempo.

Grabado de Wilford Woodruff por Frederick Piercy.

Wilford Woodruff vivió durante casi todo el siglo diecinueve. La mayor parte de su vida, desde su conversión en 1833 hasta su muerte en 1898, se dedicó a fomentar la causa del reino de Dios.

Entendió el objetivo del evangelio restaurado

A pesar de que pocos se daban cuenta de la importancia de la piedra que fue cortada del monte, no con mano (véase Daniel 2:34–35, 45), el Señor envió videntes que entendían, parcial o totalmente, los propósitos del Todopoderoso, no sólo para su época sino para todas las épocas. Wilford Woodruff fue uno de ellos, quién nos enseñó la importancia de esta última dispensación del Evangelio:

“Ésta es la única dispensación que Dios ha establecido que fue preordenada, antes que fuera formado el mundo, para no ser vencida por hombres malignos ni por demonios… El profeta [Enoc] le preguntó al Señor si en algún momento la tierra podría descansar; y el Señor le contestó que en la dispensación del cumplimiento de los tiempos la tierra cumpliría los días de su existencia y entonces podría descansar de la iniquidad y de las abominaciones, porque en esa época Él establecería Su reino para que nunca más fuera destruido. Entonces comenzaría un reinado de bondad, y los honrados y mansos de la tierra se congregarían para servir al Señor y tendrían el poder para edificar la gran Sión de Dios en los últimos días…

“Los patriarcas y los profetas han estado pendientes de esta dispensación y el Señor la ha comenzado y la ha continuado…

“La obra que había de ser maravillosa ante los ojos del hombre ya ha comenzado y está tomando cuerpo y forma; pero ellos no pueden verla. Consistirá en la predicación del Evangelio a todo el mundo, el recogimiento de los santos de entre todas esas naciones que lo rechacen, la edificación de la Sión de Dios; el establecimiento permanente de Su reino en la tierra; la preparación de la obra del recogimiento de los judíos y de los acontecimientos que seguirán al establecimiento de ellos en sus propias tierras; y la preparación para nosotros de lugares santos, en los cuales podamos permanecer cuando los castigos de Dios sobrevengan a las naciones. Ésta es verdaderamente una buena obra” (The Discourses of Wilford Woodruff, editado por G. Homer Durham, 1946, págs. 109–111).

Wilford Woodruff fue la única persona que conoció en persona a José Smith el Profeta y pudo grabar su testimonio, en aquella época no existían discos ni cintas, sus palabras fueron registradas en cilindros de cera en un “Fonógrafo” patentado por Tomas A. Edison.

Él fue preordenado para su misión en los últimos días

En su visión del mundo de los espíritus, el presidente Joseph F. Smith observó que Wilford Woodruff era uno de los grandes y nobles que habían sido escogidos en la vida preterrenal para ser líderes en esta dispensación:

“El profeta José Smith y mi padre Hyrum Smith, y Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff y otros espíritus selectos que fueron reservados para nacer en el cumplimiento de los tiempos, a fin de participar en la colocación de los cimientos de la gran obra de los últimos días…

“…se hallaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios.

“Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus, y fueron preparados para venir en el debido tiempo del Señor a obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres” (D. y C. 138:53, 55–56).

Sus primeros años estuvieron plagados de accidentes

Wilford Woodruff nació el 1º de marzo de 1807 en Farmington, Connecticut, y sus padres fueron Aphek Woodruff y Beulah Thompson Woodruff. Su bisabuelo Josiah Woodruff vivió casi cien años y trabajó hasta el día de su muerte. Su abuelo Eldad Woodruff tenía la reputación de ser el hombre más trabajador del condado. Wilford aprendió desde niño el valor del trabajo y trabajaba con su padre en los molinos de granos de Farmington.

Los primeros años de la vida de Wilford Woodruff estuvieron plagados de dificultades y de accidentes. A menudo se encontraba en peligro, pero por la gracia de Dios, no perdió la vida. Escribió en su diario:

“Sin duda… soy uno de los que están marcados como víctimas de la mala suerte. A veces me parecía que un poder invisible estaba alerta a todos mis pasos en busca de la oportunidad de quitarme la vida. Por eso, yo atribuyo mi vida en la tierra al cuidado misericordioso de Dios, cuya mano me ha rescatado de la muerte cuando me encontraba ante los peores peligros. Describiré brevemente algunos de los peligros de los cuales apenas escapé:

“Cuando tenía tres años, me caí adentro de un caldero de agua hirviendo y, aunque me rescataron inmediatamente, me quemé tanto que pasé nueve meses en peligro de muerte. Durante el quinto y sexto años de vida tuve un sinnúmero de accidentes. Un buen día entré al galpón con mis hermanos mayores y me puse a jugar en un montón de fardos de paja. No habíamos estado allí mucho tiempo cuando me caí de cara al suelo de uno de los travesaños del techo. Me lastimé mucho, pero pronto me recuperé y volví a jugar.

“Un sábado de noche, estaba jugando sin permiso con mis hermanos Azmon y Thompson en los dormitorios de la casa en la que vivíamos con mis padres, cuando de pronto tropecé, me caí escaleras abajo y me rompí el brazo. Eso me pasó por desobediente. Me dolió muchísimo pero pronto me curé y decidí que cualquier cosa que me pasara de ahí en adelante no sería por desobediencia a mis padres. El Señor ha mandado a los hijos obedecer a los padres; y el apóstol Pablo dijo ‘que es el primer mandamiento con promesa’.

“Poco tiempo después casi pierdo la vida. Mi padre tenía varias cabezas de ganado vacuno, y en la manada había un toro muy bravo. Un atardecer, yo los estaba alimentando con calabazas cuando el toro dejó su calabaza para quitarle la suya a mi vaca favorita. Me enfurecí cuando vi el egoísmo de la bestia y enseguida fui a levantar la que el toro había abandonado para dársela a la vaca. Apenas la levanté, cuando vi al iracundo animal que venía a embestirme. Corrí colina abajo, todo lo que me daban las piernas, con el toro persiguiéndome de cerca. Cuando mi padre vio el peligro en que me encontraba me gritó que tirara la calabaza pero, olvidándome de ser obediente, no la solté. Cuando el toro estaba a punto de abalanzarse sobre mí con la furia de un tigre, tropecé y caí al suelo. La calabaza rodó colina abajo, el toro saltó por encima de mí y destrozó la calabaza con los cuernos. Sin duda alguna, hubiera hecho lo mismo conmigo si yo no me hubiera caído; y atribuyo a que me salvé, como todas las demás veces, a la misericordia y la bondad de Dios.

“El mismo año, cuando había ido a visitar a mi tío Eldad Woodruff, me caí de un balcón sobre una pila de leña y me rompí el otro brazo.

“No habían pasado muchos meses cuando me sucedió algo peor. Mi padre, además del molino de granos, tenía un aserradero y, una mañana, con otros niños, entré al aserradero y me subí en la parte delantera del carromato para andar en él, pensando que no corría peligro, pero de repente, me quedó atrapada la pierna entre dos de las piezas de madera y se me quebró en dos. Me llevaron a casa y estuve acostado nueve horas esperando que me reacomodaran los huesos. Pasé ese tiempo con mucho dolor, pero como era todavía un niño, los huesos se soldaron y al cabo de pocas semanas ya andaba de pie como de costumbre haciendo cosas propias de mi edad. Durante el tiempo que no podía moverme fuera de casa, me hacía compañía mi hermano Thompson que estaba enfermo de fiebre tifoidea.

“Poco después, una noche oscura, un buey me pateó en el vientre, pero como estaba muy cerca del animal, no recibí el impacto con tanta fuerza y fue más el susto que el golpe.

“Al poco tiempo me tocó por primera vez cargar los fardos de heno en el carro. Era muy pequeño, pero pensé que lo había hecho muy bien. Cuando íbamos para el pajar, la rueda del carro agarró una piedra y se vino todo abajo. Como yo iba arriba del heno, me caí y los fardos se me cayeron encima. Pronto me desenterraron y, a pesar de que por un momento había sentido que me ahogaba, no me lastimé.

“Cuando tenía ocho años, acompañé a mi padre y a otras personas a hacer un trabajo a unos cinco kilómetros de casa. Íbamos en una carreta tirada por un solo caballo. Por el camino, el caballo se asustó y descendió la colina al galope dando vuelta la carreta con nosotros adentro. Corrimos peligro pero nos salvó nuevamente la mano de la Providencia, y todos salimos ilesos.

“Un día me subí a un olmo para sacar parte de la corteza, pero cuando estaba a más de cuatro metros del suelo, se quebró la rama seca en la que estaba parado y me caí de espaldas al suelo. El golpe me dejó sin aliento y mi primo corrió a casa para avisar a mis padres que me había matado, pero antes de que llegaran, reviví, me puse de pie y fui a encontrarlos por el camino.

“Cuando tenía doce años casi me ahogo en el río Farmington. Me hundí unos nueve metros y por milagro me salvó un muchacho llamado Bacon; pero sufrí mucho después que me revivieron.

“A los trece años, cuando andaba por las llanuras de Farmington en lo más crudo del invierno, durante una nevada atroz, me enfrié tanto que tuve que detenerme porque estaba casi congelado. Me acurruqué en el hueco del tronco de un manzano grande. Un hombre me vio a la distancia y dándose cuenta del peligro en que me encontraba se acercó deprisa. Antes de que llegara, ya me había dormido y estaba casi inconciente. Le costó mucho convencerme de la situación crítica en la que me encontraba, e inmediatamente me llevó a la casa de mi padre. De nuevo, la divina Providencia me salvó la vida.

“A los catorce años me partí el empeine izquierdo con un hacha y casi me amputé el pie. Esa herida me hizo sufrir intensamente y me tomó nueve meses curarme.

“Cuando tenía quince años, un perro rabioso, que estaba en la última etapa de la enfermedad, me mordió la mano pero no me sacó sangre y así, por la misericordia y el poder de Dios, se me libró otra vez de una horrible muerte.

“A los diecisiete años tuve otro accidente que me causó mucho dolor y casi me quitó la vida. Montaba un caballo muy arisco y cuando íbamos por la senda bajando una montaña bastante empinada, de pronto se salió del camino de un brinco y siguió descendiendo a la disparada por un rocoso despeñadero. Al mismo tiempo empezó a corcovear y casi me lanzó contra las rocas por encima de su cabeza. Pero yo me aferré a la cabeza del caballo y me así fuertemente de sus orejas pensando que en cualquier instante me haría pedazos contra las rocas. Mientras me encontraba en esa posición, montado sobre el cuello del animal y sin riendas, ni nada para guiarlo que no fueran las orejas, se arrojó montaña abajo entre las rocas con furia, hasta que chocó contra una roca que le llegaba casi hasta el pecho y que lo hizo caer al suelo. Yo salí disparado sobre su cabeza y caí de pie unos cinco metros más adelante. Caer parado fue probablemente lo que me salvó la vida, porque si me hubiera golpeado contra las rocas en cualquier parte del cuerpo, quizás me hubiera muerto al instante. Así mismo, se me rompió una de las piernas en dos partes y se me dislocaron los tobillos. El caballo casi me aplastó mientras trataba de incorporarse, pero mi tío me vio y vino a socorrerme. Me llevaron a su casa cargándome entre varias personas. Estuve acostado de las dos de la tarde a las diez de la noche sin asistencia médica y con mucho dolor hasta que llegó mi padre con el doctor Swift de Farmington. El doctor me acomodó los huesos y me inmovilizó las piernas. Esa noche me llevó en su coche a casa que quedaba a 13 kilómetros de allí. Me atendieron bien, y aunque sufrí mucho, a los dos meses ya andaba con muletas y pronto recobré la salud” (citado en Matthias F. Cowley, Wilford Woodruff, Fourth President of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints: History of His Life and Labors As Recorded in His Daily Journals, 1964, págs. 5–9).

Después describió varios accidentes más, y otros que pudieron haberle pasado, y concluyó esa parte de su diario con lo siguiente: “Lo que he escrito puede resumirse brevemente así: he tenido las dos piernas quebradas, una de ellas en dos lugares; también se me quebraron los dos brazos, los tobillos, el esternón y tres costillas. Me quemé, me congelé y casi me ahogué; he estado en dos ruedas de molino de agua mientras daban vueltas a toda velocidad; y apenas he escapado de muchos otros peligros. Yo adjudico el que se me haya rescatado una y otra vez de todos esos peligros a la misericordia de mi Padre Celestial. Cuando me acuerdo de todas las cosas que me pasaron, siempre siento el deseo de dar gracias de corazón al Señor con gratitud y gozo. Ruego que el resto de mis días pueda pasar en el servicio de Él y en edificar Su reino” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 11–12).

Siempre buscó la verdad

En su juventud, Wilford Woodruff buscaba con fervor la rectitud. Era un ávido estudioso de la Biblia y deseaba saber cuál era la voluntad del Señor para cumplir con ella. Escribió: “En mi entusiasmo por promover el bien, organicé reuniones de oración en nuestro pueblo y oraba para recibir luz y conocimiento. Mi anhelo era recibir las ordenanzas del Evangelio, puesto que al leer la Biblia me había dado cuenta de que el bautismo por inmersión era una ordenanza sagrada. En mi inquietud, pero al no conocer la importancia de poseer el santo sacerdocio y la verdadera autoridad para oficiar en las ordenanzas de la vida eterna, le pedí a un ministro bautista que me bautizara. Al principio se rehusó porque le dije que no pensaba formar parte de su iglesia porque ésta no estaba de acuerdo con la iglesia apostólica que había establecido nuestro Señor. Después de muchas conversaciones, me bautizó el 5 de mayo de 1831 y también bautizó a mi hermano Asahel. Esa fue la primera y única ordenanza del Evangelio que pedí hasta que me hice miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 28–29).

“En una ocasión, después de haber orado con fervor para saber cuál era el pueblo del Señor, si es que éste existía en la tierra, él [Wilford Woodruff] dijo: ‘El Espíritu del Señor me comunicó: “Lee Mi palabra y allí te indicaré Mi voluntad y contestaré tu oración”. Abrí la Biblia al azar, pidiéndole al Señor que me guiara al lugar en el que Su palabra contestaría mi oración. La abrí en el capítulo 56 de Isaías y vi que era la respuesta a mi oración. Sentí que la salvación de Dios estaba por revelarse y que Su justicia saldría a luz. También sentí que viviría para ver reunido al pueblo de Dios. Desde ese momento hasta que el Evangelio me encontró a mí, me sentí satisfecho y pensé que no debía preocuparme más por las iglesias y sus ministros’ ” (Cowley, Wilford Woodruff, pág. 29).

Robert Mason le contó una visión que había tenido

Un hombre que ejerció una gran influencia sobre Wilford Woodruff, incluso antes de que éste hubiera oído hablar de la Restauración, fue Robert Mason, un buen hombre que anhelaba recibir el Evangelio de Jesucristo en su plenitud. El Señor se apiadó de él y se le dio a conocer lo que pronto se realizaría en la tierra. Wilford Woodruff escribió lo siguiente acerca de esa visión:

“El señor Mason no creía tener autoridad para oficiar en las ordenanzas del Evangelio ni tampoco creía que esa autoridad existiera en la tierra. Creía, sin embargo, que cualquier hombre con fe en Dios tenía el privilegio de ayunar y orar para curar enfermos mediante la imposición de manos. Creía que él y toda persona honrada de corazón, fuera hombre o mujer, tenían el derecho de recibir entendimiento y conocimiento, visiones y revelaciones, por medio de la oración de fe. Me dijo que se acercaba el día en que el Señor establecería Su Iglesia y Su reino en la tierra con todos los antiguos dones y bendiciones. Dijo que esa obra comenzaría antes que él muriera, pero que no viviría para participar en sus bendiciones. Me dijo que yo sí viviría para verlo y que tendría una función importante en ese reino.

“La última vez que lo vi me relató la siguiente visión que tuvo en pleno día en el campo: ‘Tuve una visión en la que me encontraba en medio de un huerto de árboles frutales. Sentí hambre y empecé a caminar entre los árboles en busca de alguna fruta para comer pero no encontré ninguna. Mientras pensaba admirado que era raro que no hubiera encontrado fruta entre tantos árboles, éstos empezaron a caer como si hubieran sido arrancados por un torbellino. Siguieron derrumbándose hasta que todos los árboles de la huerta se habían caído. Inmediatamente después vi crecer brotes de las raíces, los cuales se transformaron en incipientes pero frondosos árboles. Se llenaron de brotes, florecieron, dieron frutos y éstos maduraron; era lo más hermoso que había visto en mi vida. Extendí la mano y arranqué una fruta y la contemplé con deleite, pero cuando fui a comerla, la visión terminó y no llegué a probarla.

“ ‘Al concluir la visión, me incliné y oré con humildad para pedirle al Señor que me dijera cómo debía interpretarla. Entonces escuché la voz del Señor que me decía: “Hijo del hombre, me has buscado con diligencia para saber la verdad en cuanto a mi Iglesia y mi reino entre los hombres. Esto sirve para mostrarte que mi Iglesia no está organizada entre los de esta generación a la que perteneces; pero durante la vida de tus hijos la Iglesia y el reino de Dios se manifestarán con todos los dones y las bendiciones que gozaban los santos de la antigüedad. Vivirás para saber que ocurrió, pero no participarás de sus bendiciones antes de morir. El Señor te bendecirá después de la muerte porque has seguido el dictado de mi Espíritu en esta vida’.

“Cuando el señor Mason terminó de contarme la visión y su interpretación, dijo, llamándome por mi nombre de pila: ‘Wilford, yo nunca comeré esa fruta en la carne, pero tú sí, y serás un personaje importante en el nuevo reino’. Entonces se marchó. Esas fueron las últimas palabras que me dijo aquí en la tierra. Para mí ése fue un hecho muy destacado. Durante un período de veinte años yo había pasado muchos días con el anciano señor Mason, pero nunca me había relatado esa visión. Esa vez me dijo que se sintió motivado por el Espíritu del Señor para contármela.

“Había recibido la visión alrededor del año 1800 y me la relató en 1830, durante la primavera cuando fue organizada la Iglesia. Tres años más tarde, cuando fui bautizado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la primera persona que recordé fue a ese profeta, Robert Mason. Cuando llegué a Misuri con el Campo de Sión, le escribí una carta larga en la que le informaba que había encontrado el Evangelio con todas sus bendiciones; que la autoridad de la Iglesia de Cristo se había restaurado a la tierra como él me había dicho que sucedería; que había recibido las ordenanzas del bautismo y de la imposición de manos; que sabía que por medio de José Smith, el Profeta, Dios había establecido la Iglesia de Cristo en la tierra.

“Él recibió gozoso mi carta y pidió que se la leyeran muchas veces. La tomó como había tomado la fruta en la visión. Era muy anciano y al poco tiempo falleció sin haber tenido el privilegio de recibir las ordenanzas del Evangelio oficiadas por un élder de la Iglesia.

“En la primera oportunidad que tuve, después de que se reveló la verdad acerca del bautismo por los muertos, fui a la fuente bautismal del templo de Nauvoo y me bauticé por él” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 16–18).

Él comprendió el propósito de la vida

Gran parte de la sabiduría de Wilford Woodruff estaba basada en su percepción del propósito verdadero de su vida. Escribió:

“Tenía veintitrés años y me encontraba reflexionando sobre el pasado, cuando me sentí sinceramente convencido de que la única manera de obtener la verdadera paz mental y la felicidad real era servir a Dios y hacer lo que contara con la aprobación de Él. Tanto como la imaginación me lo permitía, pensé en el honor, la gloria y la felicidad de todo el mundo. Me imaginé el oro y las riquezas de los ricos, la gloria, el esplendor y el poder de los reyes, de los presidentes, de los príncipes y de los gobernantes. Pensé en el renombre militar de Alejandro, de Napoleón y de otros generales destacados. Me imaginé las innumerables sendas por las que andan los frívolos en pos de placer y felicidad. Y al sacar cuentas de todo eso no pude más que exclamar como Salomón: ‘Todo es vanidad de vanidades, dijo el predicador’.

“Me di cuenta de que todos, pasados unos años, terminarían en la tumba. Me convencí de que ningún hombre puede gozar de una felicidad real y obtener lo que alimenta el alma inmortal sin que Dios sea su amigo y Jesucristo su abogado defensor. Me convencí de que el hombre puede llegar a ser amigo de Ellos si hace la voluntad del Padre y guarda Sus mandamientos. Tomé la firme resolución de que a partir de ese momento buscaría al Señor para saber Su voluntad, para obedecer Sus mandamientos y para seguir los dictados de Su Santo Espíritu. Sobre esta base quería establecerme y pasar el resto de la vida alimentando estas convicciones” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 26–27).

Encontró la verdad y fue bautizado

Cuando escuchó el testimonio de dos misioneros mormones, el 29 de diciembre de 1833, Wilford Woodruff inmediatamente reconoció la verdad y fue bautizado dos días más tarde. Desde ese momento, nunca volvió atrás. Escribió: “Sentí que podía exclamar con el profeta de Dios, ‘Escogería estar a la puerta de la casa de mi Dios, antes que habitar en las moradas de la maldad’. La plenitud del Evangelio sempiterno por fin había llegado y me llenaba de gozo el corazón. Formaba la base de una obra más gloriosa y grandiosa de lo que jamás hubiera imaginado ver en esta vida. Ruego a Dios en el nombre de Jesucristo que guíe mi vida futura, para que pueda vivir para honrarlo y glorificarlo y ser una bendición para mi prójimo y al final ser salvo en Su reino celestial. Que así sea. Amén” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, pág. 36).

Participó en el campo de Sión

En 1833, el Señor pidió a los fieles poseedores del sacerdocio de Su Iglesia que fueran desde Kirtland, Ohio, hasta Misuri a redimir y restaurar la tierra de Sión (véase D. y C. 101; 103). El profeta José Smith dirigía el grupo de aproximadamente doscientos hombres y Wilford Woodruff se encontraba entre ellos. Cuando se marcharon, Wilford tenía veintisiete años y hacía menos de seis meses que era miembro de la Iglesia.

El recorrido del Campo de Sión.

Mientras marchaban con el profeta José Smith como parte del Campo de Sión, Wilford fue pulido y preparado para servir en cargos de mayor responsabilidad dentro de la causa del Maestro.

Treinta y seis años más tarde, relató en Salt Lake City: “Cuando se llamaron a los integrantes del Campo de Sión, muchos nunca nos habíamos visto; éramos extraños unos con otros y muchos no habíamos visto nunca al Profeta. Habíamos estado esparcidos por todo el país… Éramos jóvenes y se nos llamó en esos primeros años de la Iglesia para ir a redimir a Sión, y tuvimos que ejercer la fe para hacer lo que se requería de nosotros. Desde los estados en los que vivíamos nos dirigimos a Kirtland para encontrarnos y de allí fuimos a redimir a Sión para cumplir con el mandamiento que Dios nos había dado. Dios aceptó nuestro trabajo tal como aceptó las obras de Abraham. Conseguimos realizar una obra muy grande a pesar de que los apóstatas y los incrédulos muchas veces preguntaban ‘¿Qué es lo que han hecho?’ Adquirimos experiencia que no hubiéramos conseguido de ninguna otra forma. Tuvimos el privilegio de conocer al Profeta y de viajar 1600 kilómetros con él y darnos cuenta de cómo obraba en él el Espíritu de Dios, de las revelaciones que recibía de Jesucristo y del cumplimiento de las mismas. Él reunió a unos doscientos élderes de todo el país en esa época temprana de la Iglesia y nos mandó al extranjero a predicar el Evangelio de Jesucristo. Si yo no hubiera participado en el Campo de Sión no estaría aquí hoy, y supongo que muchas otras personas de este Territorio tampoco lo estarían” (The Discourses of Wilford Woodruff, sel. G. Homer Durham, 1946, pág. 305).

Sirvió como misionero y lo visitaron ángeles ministrantes

Para mediados de 1834, Wilford Woodruff sentía un deseo tan intenso de ser misionero que en muchas de sus oraciones le rogaba a Dios que le diera ese privilegio. Sirvió su primera misión en los estados del sur de los Estados Unidos. El joven misionero viajaba sin “bolsa ni alforja” y a veces caminaba casi cien kilómetros por día. Años más tarde testificó que en la misión contó con el ministerio de ángeles y que nunca se sintió más bendecido que cuando era presbítero en el Sacerdocio Aarónico y servía una misión honorable:

“Recibí la ministración de ángeles cuando tenía el oficio de presbítero. Tuve visiones y revelaciones. Viajé miles de kilómetros y oficié bautismos aunque no pude hacer confirmaciones ya que no tenía la autoridad para hacerlo.

“Hablo de estas cosas para demostrarles que un hombre no debe avergonzarse de ninguno de los oficios del sacerdocio. Los jóvenes que son diáconos deben esforzarse por cumplir con ese oficio. Si hacen eso, entonces se les llamará a oficiar como maestros, cuya tarea es enseñar a la gente, visitar a los santos y cuidar de que no haya maldad ni iniquidad entre ellos. Dios no hace distinción de personas, en este sacerdocio lo que importa es que magnifiquen sus llamamientos y cumplan su deber” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 298).

Contrajo matrimonio con Phoebe Carter

Wilford Woodruff conoció a Phoebe Carter en Kirtland, en 1837. Se trataron dos meses y medio y decidieron contraer matrimonio; se casaron en la residencia del profeta José Smith el 13 de abril de 1837. Los casó el presidente Frederick G. Williams, que era uno de los Consejeros de la Primera Presidencia porque en esa época el Profeta había tenido que alejarse para huir de sus enemigos. Los recién casados empezaron su vida matrimonial en la casa del Profeta y estuvieron casados cuarenta y ocho años, hasta la muerte de Phoebe el 19 de noviembre de 1885.

Le enseñó el evangelio a su familia

Muchos miembros de la familia de Wilford Woodruff se habían mostrado escépticos o desinteresados en las enseñanzas de la Iglesia. Wilford escribió sobre una experiencia que tuvo mientras visitaba a algunos de sus parientes:

“El 1º de julio de 1838, me ocurrió una de las cosas más interesantes que me han sucedido durante mi vida en el ministerio. Cuando José Smith, padre, me dio mi bendición patriarcal, entre muchas cosas maravillosas que me dijo, me prometió que convertiría a la familia de mi padre al reino de Dios; y pensé que si alguna vez iba a obtener esa bendición, entonces había llegado el momento. Con la ayuda de Dios prediqué fielmente el Evangelio a la familia de mi padre y a todos los que estaban con él y también a mis otros parientes, y fijé el domingo 1º de julio para tener una reunión en la casa de mi padre. Él ya había creído en mi testimonio y también todos los demás en su casa, pero parecía que el diablo estaba empeñado en entorpecer el cumplimiento de la promesa que me había hecho el patriarca… Todos se sintieron afligidos y tentados a rechazar la obra; y parecía que ese mismo poder me devoraría. Tuve que acostarme por una hora antes de la reunión. Oré al Señor con toda mi alma pidiéndole que me rescatara porque sabía que era el poder del demonio el que se estaba ejerciendo para impedirme que cumpliera con lo que Dios me había prometido. El Señor oyó mi oración y me otorgó lo que le pedí. Cuando llegó la hora de la reunión, me levanté y podría haber cantado y gritado de gozo sólo de pensar que Dios me había salvado del poder del maligno. Lleno del poder de Dios, me puse de pie entre ellos y les prediqué con gran sencillez el Evangelio de Jesucristo.

“Cuando terminó la reunión nos juntamos a orillas del río Farmington, ‘porque por allí corría mucha agua’, y llevé a seis de mis amigos al agua del río y allí los bauticé para la remisión de los pecados. Toda la familia de mi padre se encontraba entre esos seis, tal como lo había prometido el patriarca. Fue sin duda un día de gran gozo para mi alma. Había bautizado a mi padre, a mi madrastra y a mi hermana, y posteriormente bauticé también a muchos parientes más. Sentí que la obra de sólo ese día me había recompensado ampliamente por todo mi trabajo en el ministerio” (Cowley, Wilford Woodruff, págs. 91–92).

Fue llamado al apostolado

Wilford Woodruff fue ordenado apóstol por Brigham Young el 26 de abril de 1839. Poco después, el élder Woodruff empezó una misión de gran importancia en Inglaterra y, al igual que el apóstol Pablo, fue guiado por el Espíritu y llevó miles de almas a Cristo. Más adelante el presidente Heber J. Grant dijo de él: “Creo que ningún otro hombre que vivió en la tierra convirtió a más personas que él al Evangelio de Jesucristo” (en Conference Report, junio de 1919, pág. 8).

Después de volver de la misión, en el término de algunos años, el élder Woodruff fue miembro del concilio de la ciudad de Nauvoo (1841), trabajó en la construcción del Templo de Nauvoo (1842) y fue gerente administrativo del periódico Times and Seasons.

Se otorgaron las llaves del Reino

Wilford Woodruff estuvo presente cuando el profeta José Smith confirió todas las llaves del reino de Dios al Quórum de los Doce Apóstoles. Después de la muerte del Profeta, el élder Woodruff vio el manto de liderazgo caer sobre la persona transfigurada de Brigham Young. Él tenía un testimonio personal de que las llaves del reino, con todo su poder, las poseía el miembro de más antigüedad del Cuórum de los Doce. En 1889, enseñó:

“Cuando el Señor confirió las llaves del reino de Dios, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, las llaves del apostolado, y las selló sobre la cabeza de José Smith, lo hizo con la intención de que permanecieran en la tierra hasta la venida del Hijo del Hombre. Brigham Young podía muy bien decir: ‘Las llaves del reino de Dios están aquí’. Y las tuvo hasta el día de su muerte. Luego las poseyó otro hombre, el presidente John Taylor, quien también las tuvo hasta la hora de su fallecimiento. Después, recayeron, por turno, o por la providencia de Dios, sobre mí, Wilford Woodruff.

“Yo les digo a los Santos de los Últimos Días que las llaves del reino de Dios están aquí, y que van a permanecer aquí hasta la venida del Hijo del Hombre. Que todo Israel entienda esto. Tal vez yo no las tenga por mucho tiempo, pero después las poseerá otro de los apóstoles, y otro después de él, y así continuarán transfiriéndose hasta que el Señor Jesucristo venga entre las nubes de los cielos y compense a cada uno conforme a las obras que haya hecho en el cuerpo terrenal” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 73).

Él dijo también: “El Dios de los cielos ha puesto en nuestras manos el Evangelio, el Sacerdocio, las llaves de Su reino y el poder de redimir a la tierra del dominio del pecado y de la maldad que la han mantenido gimiendo por siglos, y bajo cuyo peso todavía se queja hoy en día. Tomemos estas cosas a pecho y tratemos de vivir nuestra religión para que cuando se termine nuestra vida acá podamos mirar hacia atrás y sentir que hemos hecho lo que se nos pidió, tanto individual como colectivamente. El Señor requiere mucho de nosotros, mucho más de lo que se les ha requerido a otras generaciones que nos han precedido, porque a ninguna de ellas se le había pedido que estableciera el reino de Dios en la tierra, con el conocimiento de que jamás sería destruido” (en Journal of Discourses, tomo XIV, pág. 6).

Miles de personas se bautizaron en la Iglesia gracias a la obra misional de Wilford Woodruff. El élder Woodruff predicó en la capilla de Gadfield Elm, en Inglaterra. La familia Benbow donó esa propiedad a la Iglesia cuando emigró a los Estados Unidos. Fue la primera capilla que tuvo la Iglesia en Inglaterra.

Sirvió en una misión en Inglaterra

En 1880, el élder Wilford Woodruff habló sobre el gran éxito al que fue guiado durante su servicio misional en Inglaterra:

“¿Cuántas veces se nos ha llamado, por medio de la revelación, a ir hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia acá o hacia allá, o a otros lugares, aun en contra de lo que esperábamos?

“Les relataré lo que yo mismo viví. En el año 1840 me encontraba en Staffordshire, en la población de Stanley, en donde llevé a cabo una reunión en el ayuntamiento. Ya tenía citas para predicar toda la semana en ese pueblo, pero antes de ponerme de pie para hablar, el Espíritu del Señor me dijo: ‘Ésta es la última reunión que tendrás con esta gente por muchos días’. Cuando me levanté, le dije a la congregación lo que me había manifestado el Espíritu del Señor. Les sorprendió tanto como a mí. No sabía lo que el Señor quería, pero más adelante me di cuenta del propósito de Dios. El Espíritu del Señor me dijo: ‘Ve hacia el sur’, y viajé unos 130 kilómetros hasta el sur de Inglaterra. En cuanto llegué, conocí a John Benbow y se me manifestó con claridad el por qué se me había llamado a ir a ese lugar. Había dejado atrás un fértil campo bautismal, donde bautizaba todas las noches de la semana, pero cuando llegué a ese lugar, encontré a unas seiscientas personas que habían formado una secta a la que habían llamado “Hermanos Unidos”. Me enteré que ellos habían estado orando para recibir luz y verdad y que habían progresado hasta donde les había sido posible. Me di cuenta de que el Señor me había mandado para que les enseñara y al fin bauticé al que era el superintendente, a cuarenta predicadores y a unos 600 miembros… Un total de aproximadamente 1800 personas se bautizaron en esa región… Menciono esto para hacerles ver que tenemos que dejarnos gobernar y guiar por las revelaciones de Dios día a día. Si no lo hacemos así, no podremos conseguir nada” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 60).

Escribió una crónica de acontecimientos

Wilford Woodruff escribió en su diario durante sesenta y dos años. La recopilación contiene diecinueve tomos con más de 7.000 páginas.

Wilford Woodruff siguió el consejo del profeta José Smith y llevó fielmente un diario. En los archivos de la Oficina del Historiador de la Iglesia existen aproximadamente siete mil páginas de los diarios de Wilford Woodruff. El registro que llevó fue invalorable para él mismo, para su familia y ahora para toda la Iglesia. Más adelante, en 1856, el élder Woodruff comenzó su carrera como historiador de la Iglesia, pero desde que se bautizó, sintió que tenía una responsabilidad especial de escribir los acontecimientos, los discursos, los lugares, la gente y los sucesos importantes de la Restauración. Sus voluminosos diarios constituyen gran parte de lo que ahora sabemos sobre los primeros años de la historia de la Iglesia.

El 20 de enero de 1872, escribió en su diario lo que había enseñado en una de las reuniones de la Escuela de los Profetas:

“Quisiera tocar un punto hoy referente a llevar un diario de las comunicaciones de Dios con nosotros. Muchas veces he pensado que el Quórum de los Doce y otros consideraban que me dejaba arrastrar demasiado por el entusiasmo en cuanto a este punto, pero cuando el profeta José organizó el Quórum de los Doce, les aconsejó que llevaran una historia de su vida y les dio las razones por las que debían hacerlo. Yo he sentido ese deseo y ese deber desde que me uní a la Iglesia. Escribí el primer sermón que escuché y desde ese día hasta ahora he llevado un diario. Siempre que oía predicar, enseñar o profetizar a José Smith, consideraba que era mi obligación escribirlo. Hasta que no lo hacía, me sentía incómodo y no podía comer, tomar nada ni dormir; y he ejercitado la mente hasta tal punto que cuando lo escuchaba enseñar y no tenía lápiz ni papel en el momento, llegaba a casa, me sentaba y escribía todo el sermón, casi palabra por palabra y frase por frase, tal como él lo había dicho, y una vez que lo había escrito se me olvidaba y no lo recordaba más. Ése era uno de los dones que Dios me había dado.

“El demonio ha querido quitarme la vida desde el día en que nací, incluso más de lo que ha tratado de quitarle la vida a otras personas. Como si el adversario me hubiera señalado como una de sus víctimas, y he encontrado una sola razón para eso: que el diablo sabía que si me convertía en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, escribiría la historia de esta Iglesia y dejaría un registro de la obra y de las enseñanzas de los profetas, de los apóstoles y de los élderes” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 476–477).

Testificó acerca de la importancia de llevar un diario y amonestó a los futuros historiadores

En el asiento que hizo en su diario el 6 de septiembre de 1856, Wilford Woodruff dijo: “No tendemos a darnos cuenta de la importancia de lo que nos ocurre en el momento, sino hasta más adelante. Vivimos en una de las más importantes generaciones en que ha vivido el hombre y debemos escribir esos hechos importantes que están sucediendo ante nuestros ojos como cumplimiento de las profecías y de la revelación de Dios. Muchísimas revelaciones están cumpliéndose en nuestros días, y a medida que suceden, debemos dejar un registro de ellas” (Wilford Woodruff ’s Journal, tomo IIII, pág. 444).

El 17 de marzo de 1857, escribió: “Las horas que he pasado documentando en mi diario lo que veo y oigo han sido de más provecho para la humanidad que el tiempo que he pasado en otras actividades… Algunos de los más gloriosos sermones del Evangelio, de las verdades y de las revelaciones que Dios dio a este pueblo a través de las palabras de los profetas José Smith, Brigham Young, Heber C. Kimball y de los Doce no se conocerían si no se encontraran en mis diarios, pero ahora están compiladas en la historia de la Iglesia y serán transmitidas a los santos de Dios de las generaciones futuras. ¿No es eso suficiente recompensa por mi esfuerzo? Claro que lo es” (Wilford Woodruff ’s Journal, tomo V, pág. 37).

En las anotaciones asentadas en su diario el día 5 de julio de 1877, testificó: “Dios me ha inspirado para que lleve un diario y la historia de la Iglesia, y advierto a los historiadores futuros que den crédito a la historia que he escrito acerca de la Iglesia y del reino, porque mi testimonio es verdadero, y la veracidad de este registro será confirmada en el mundo venidero” (Wilford Woodruff ’s Journal, tomo VII, pág. 359).

El Templo de St. George, Utah, en1876, donde se realizó la obra vicaria por los fundadores de los Estados Unidos y otros líderes del pasado.

El Templo de St. George, Utah, en1876, donde se realizó la obra vicaria por los fundadores de los Estados Unidos y otros líderes del pasado.

Sentía gran devoción por la obra del Templo

Para Wilford Woodruff, uno de los más preciados principios del Evangelio era la obra por los muertos. Fue el primer presidente del templo de St. George, Utah, y más adelante uno de los organizadores de la Sociedad Genealógica de Utah, que facilitó la obra de salvar a aquellos que se encuentran del otro lado del velo. En 1877, el élder Woodruff habló sobre la importancia de los templos y de la obra que se realiza en ellos:

“Es nuestra responsabilidad construir esos templos. Yo considero esa parte de nuestro ministerio una misión de tanta importancia como la de predicar a los vivos; los muertos escucharán la voz de los siervos de Dios en el mundo de los espíritus y, a menos que se efectúen ciertas ordenanzas por ellos en los templos que se construyen en el nombre de Dios, no les será posible resucitar en la mañana de la resurrección. Se requiere lo mismo para la salvación de una persona fallecida que para la salvación de una que está con vida…

“Antes de terminar, les diré que dos semanas antes de retirarme del Templo de St. George, los espíritus de los muertos se congregaron a mi alrededor y me preguntaron por qué no los habíamos redimido. Dijeron: ‘Han tenido en funcionamiento la Casa de Investiduras por varios años y nunca han hecho nada por nosotros. Hemos fundamos el gobierno que ahora ustedes disfrutan y nunca nos apartamos de sus principios, sino que nos mantuvimos leales y también fieles a Dios’. Ellos eran los que habían firmado la Declaración de la Independencia [de los Estados Unidos], y me visitaron por dos días y dos noches. Pensé que era extraño que a pesar de que habíamos hecho la obra por tantas personas no se había hecho nada por ellos. Supongo que nunca se me había ocurrido hacerlo, porque estábamos más preocupados por hacer la obra por nuestros amigos y parientes más cercanos. Por tanto, me dirigí inmediatamente a la fuente bautismal y le pedí al hermano McCallister que me bautizara por quienes habían firmado la Declaración de la Independencia [de los Estados Unidos] y por otros cincuenta hombres ilustres; en total fueron cien, entre ellos John Wesley, (Cristóbal) Colón y otros más. Después lo bauticé a él por todos los presidentes de los Estados Unidos, excepto tres de ellos; y cuando la causa de ellos sea justa, alguien más hará la obra por ellos” (en Journal of Discourses, tomo XIX, págs. 228–229).

Posteriormente se llevó a cabo la obra del templo por esos mencionados tres presidentes de los Estados Unidos.

Satanás se esforzó por detener la obra del señor

Apenas habían gozado de diez años de paz en el Oeste (1847–1857) cuando se empezó a acosar otra vez a la Iglesia. Los líderes de la Iglesia sabían que una vez que otros empezaran a colonizar el Oeste, los miembros de la Iglesia volverían a sufrir las mismas persecuciones y problemas que habían afrontado cuando los expulsaron de Ohio, Misuri e Illinois. Los inicuos no dejarían tranquila a la Iglesia.

En una carta dirigida al presidente John Taylor y al Quórum de los Doce Apóstoles, fechada el 15 de septiembre de 1879, el élder Wilford Woodruff dijo: “El demonio está haciendo lo imposible para que no construyamos templos ni continuemos con la obra del Señor, y los malvados están ayudándolo, pero hermanos, Dios reina y los sostendrá hasta el fin” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, pág. 528).

1884 fue un año de crisis

Para 1884, el gobierno federal de los Estados Unidos se había movilizado no sólo para afrontar el asunto de la poligamia, sino también para amenazar la vida de los Santos de los Últimos Días y la existencia de la Iglesia como institución. El ambiente que se sentía en esa época se refleja parcialmente en el siguiente debate entre John Nicholson, director de un periódico de la Iglesia, y un juez federal cuando aquel director compareció ante un tribunal para ser sentenciado.

En su declaración, el hermano Nicholson dijo: “Mi propósito es firme y espero que sea también inalterable. Lo que quiero decir es que voy a continuar siendo leal a Dios, y siendo fiel a mi familia y, al que creo, es mi deber a la Constitución de este país, que garantiza la plena libertad religiosa a sus ciudadanos”. El juez le respondió: “Si usted no se somete, claro que va a tener que atenerse a las consecuencias; pero la voluntad del pueblo estadounidense ha sido declarada… y esta ley prevalecerá y los hará polvo a usted y a su institución” (Deseret News [semanario], 21 de octubre de 1885, pág. 1).

La Primera Presidencia en abril de 1889: George Q. Cannon, Wilford Woodruff y Joseph F. Smith. La Primera Presidencia en abril de 1889: George Q. Cannon, Wilford Woodruff y Joseph F. Smith.Se le llama como presidente de la Iglesia

Wilford Woodruff presidió la Iglesia en calidad de presidente del Quórum de los Doce Apóstoles desde el momento en que falleció el presidente John Taylor, el 25 julio de 1887, hasta que fue sostenido como Presidente de la Iglesia el 7 de abril de 1889. En la conferencia general de ese día, dijo: “Hoy, 7 de abril de 1889, es uno de los días más importantes de mi vida, porque se me sostuvo como Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días por el voto unánime de diez mil miembros. El voto se hizo primero por quórumes y después votó toda la congregación, tal como se hizo en el caso del presidente John Taylor. Éste es el oficio más alto que se pueda conferir a un hombre en la carne. Lo recibo a los ochenta y tres años de edad y ruego a Dios que me proteja y me dé el poder de magnificar mi llamamiento hasta el fin de mis días. El Señor me ha cuidado y protegido hasta el presente” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, págs. 564–565).

El presidente de la iglesia tendrá el poder de Dios y una comunión con Él

En cuanto a sus responsabilidades como Presidente de la Iglesia, el presidente Wilford Woodruff enseñó: “Mi deber es tener comunión con Dios, a pesar de ser un instrumento débil en Sus manos. También es mi deber tener el poder de Dios, porque al tenerlo, mis consejeros me apoyan y están a mi lado. Debemos ser de una sola mente y de un solo corazón en todos los asuntos, tanto temporales como espirituales, que se presentan ante nosotros en la obra de la Iglesia y en el reino de Dios. Y me siento agradecido de que éste haya sido el caso desde que recibí este llamamiento o desde que se organizó la Presidencia de la Iglesia” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 89).

Presidió durante una época de crisis severa

Cuando el presidente Wilford Woodruff comenzó a administrar la Iglesia como presidente, lo hizo durante una época de gran crisis. El presidente John Taylor había muerto durante su exilio voluntario y la mayoría de los líderes principales de la Iglesia estaban encarcelados o las persecuciones les impedían desempeñar sus cargos eficazmente. Las leyes federales no sólo declaraban ilegal la práctica del matrimonio plural sino que prohibía a los polígamos que votaran o que ocuparan cargos en el gobierno. Parecía que Utah nunca iba a conseguir ser uno de los estados de los Estados Unidos. Se trataron de aprobar leyes que quitaran los derechos legales y prohibieran votar a todos los miembros de la Iglesia. Ésta, como institución, ya había perdido sus derechos legales, se habían confiscado los fondos de los diezmos, y la Manzana del Templo y otras propiedades de la Iglesia habían pasado a ser del gobierno de los Estados Unidos. Muchos trataban de destruir por completo a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La obra misional y la obra del templo por los muertos corrían gran peligro.

La nación se había vuelto en contra de los santos

En su diario, el presidente Wilford Woodruff resumió el año 1889 con estas palabras: “Así finaliza el año 1889 y empieza a cumplirse lo que dijo el profeta José Smith, que la nación entera se volvería en contra de Sión y declararía la guerra contra los santos. Nunca se han diseminado tantas mentiras por todo el país en contra de los santos como en el presente. El año 1890 será muy importante para los Santos de los Últimos Días y para los Estados Unidos” (Wilford Woodruff ’s Journal, tomo IX, pág. 74).

El manifiesto fue recibido por revelación

El Manifiesto sobre el matrimonio plural (véase la Declaración Oficial—1) no dejaba lugar a dudas de cuál era la voluntad del Señor en cuanto al cese de la práctica del matrimonio plural. Después de años de sacrificio y de cumplir el mandamiento del Señor sobre el matrimonio plural, la fe de los santos en los profetas vivientes sería puesta a prueba.

“Esos fueron años muy difíciles (la década de 1880) para el presidente Woodruff, para otros líderes de la Iglesia y para los miembros en general. Muchos habían sido arrestados por practicar el matrimonio plural. Por medio de impuestos injustos o simplemente confiscando propiedades, el gobierno se estaba apoderando de los bienes de la Iglesia. El presidente Woodruff se dirigió con humildad al Señor para pedirle ayuda. Durante varias semanas el presidente Woodruff oró con toda su alma al Señor hasta que recibió una visión en la que vio las consecuencias de continuar esa práctica y recibió instrucciones sobre lo que debía hacer. El 24 de septiembre de 1890, en el documento que ahora llamamos el Manifiesto, anunció que se iba a abandonar la práctica del matrimonio plural” (Brian Smith, “Wilford Woodruff: ‘Wilford the Faithful’ Became God’s Anointed,” Church News, 1º de mayo de 1993, pág. 10).

El 1º de noviembre de 1891, al pronunciar un discurso en una conferencia de estaca en Logan, Utah, el presidente Woodruff enseñó:

“ ‘Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación’ (D. y C. 68:4).

“Por medio de ese poder hemos guiado a Israel. Por ese poder el presidente Young presidió y guió a la Iglesia. Por ese mismo poder el presidente John Taylor presidió y guió a la Iglesia. Y yo he actuado de la misma manera, lo mejor que he podido, en ese llamamiento. No quiero que los Santos de los Últimos Días piensen que el Señor no nos acompaña y que no nos da más revelaciones; porque Él nos da revelaciones y lo seguirá haciendo hasta el fin.

“He recibido algunas revelaciones recientemente, y de suma importancia para mí, y os diré lo que el Señor me ha dicho. Permítaseme dirigir vuestra atención a lo que se conoce como el Manifiesto… El Señor me ha revelado que ese Manifiesto ha sido motivo de prueba para muchos miembros de la Iglesia en toda Sión…

“El Señor me mostró, en visión y por revelación, exactamente lo que sucedería si no poníamos fin a esta práctica… todas las ordenanzas [del templo] se habrían suspendido en toda la tierra de Sión. Habría reinado la confusión por todo Israel, y muchos hombres hubieran sido encarcelados. Esta dificultad habría sobrevenido a toda la Iglesia y se nos habría obligado a dar fin a la práctica. Ahora bien, la pregunta es si debe suspenderse de este modo o según la manera que el Señor nos ha manifestado, y dejar a nuestros Profetas y Apóstoles y padres de familia como hombres libres, y los templos en poder de los miembros, a fin de que los muertos puedan ser redimidos…

“…Vi exactamente lo que hubiera sucedido si no se hubiera hecho algo al respecto. Este espíritu ha estado sobre mí desde hace mucho tiempo. Mas quiero decir esto: Yo hubiera permitido que todos los templos se escaparan de nuestras manos, yo mismo hubiera dejado que me encarcelaran y habría permitido que encarcelaran a todos los demás hombres si el Dios del cielo no me hubiera mandado hacer lo que hice; y cuando llegó la hora en que se me mandó que hiciera eso, todo era muy claro para mí. Fui ante el Señor y anoté lo que Él me dijo que escribiera. Se lo presenté a mis hermanos, hombres firmes como el hermano George Q. Cannon, el hermano Joseph F. Smith y a los Doce Apóstoles. Hubiera sido más fácil tratar de ahuyentar a un ejército enemigo con una bandera que hacer cambiar de opinión a estos hermanos si ellos no lo hubieran considerado correcto, pero estuvieron de acuerdo conmigo y diez mil Santos de los Últimos Días también me apoyaron. ¿Por qué? Porque los inspiraron el Espíritu de Dios y las revelaciones de Jesucristo” (“Remarks Made by President Wilford Woodruff ”, Deseret Evening News, 7 de noviembre de 1891, pág. 4; véase también la Declaración Oficial 1; Selecciones de tres discursos del Presidente Wilford Woodruff referentes al Manifiesto).

Dios está al mando

Los propósitos del Señor se cumplirán y podemos confiar en que cada profeta que presida al pueblo del Señor ha recibido el poder para seguir un curso firme. El presidente Wilford Woodruff declaró: “Hoy digo a todo Israel y a todo el mundo que el Dios de Israel que organizó esta Iglesia y reino, nunca ordenó a ningún presidente ni a ninguna presidencia que los lleve por mal camino. Presten atención, ningún hombre que haya respirado el aliento de vida puede poseer estas llaves del reino de Dios y a su vez descarriar al pueblo” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 74).

Enseñó acerca de la revelación

El presidente Wilford Woodruff enseñó lo siguiente acerca de la revelación:

“¿Qué es la revelación? Es el testimonio del Padre y del Hijo. ¿Cuántos de ustedes han recibido revelación? ¿Cuántos han oído el susurro del Espíritu de Dios con una voz apacible y delicada? Yo estaría hace muchos años en el mundo de los espíritus si no hubiese obedecido la inspiración de esa voz. Ésas eran las revelaciones de Jesucristo, el testimonio más fuerte que un hombre o una mujer pueda tener. He tenido muchos testimonios desde que pertenezco a esta Iglesia y a este reino. En ocasiones, se me ha bendecido con ciertos dones y gracias, revelaciones y ministerios; pero aún así nunca he encontrado nada de lo que pueda depender más que de la voz apacible y delicada del Espíritu Santo” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 45).

“Es ese conocimiento revelado que Dios nos dio en cuanto a Su obra… una de las principales razones de la fortaleza que poseen los Santos de los Últimos Días. Se trata del principio de la revelación que proviene de la cabecera de la Iglesia y se transmite a toda la Iglesia, un principio cuyo uso o aplicación no está limitado a un solo hombre, ni a tres hombres, ni a doce hombres sino que se extiende a toda persona miembro de la Iglesia, en mayor o menor grado, a medida que cada uno decide utilizarlo. Hay una forma correcta, sin embargo, de recibir revelación del Señor para gobernar la Iglesia. Hay un solo hombre en la tierra que tiene ese poder, pero todos los miembros tienen el privilegio de recibir revelaciones del Señor en forma personal para guiar su propia vida” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 54).

“El Señor no me permitiría ocupar este cargo ni un solo día de mi vida si yo no tuviera la sensibilidad de recibir la inspiración del Espíritu Santo y las revelaciones de Dios. Es demasiado tarde para que esta Iglesia sobreviva sin la revelación” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 57).

Él entendía los fines de Dios

En las anotaciones de su diario fechadas el 26 de enero de 1880, Wilford Woodruff escribió: “Me fui a acostar orando y meditando mucho. Me dormí, pero volví a despertar alrededor de la medianoche. El Señor derramó sobre mí Su espíritu y volvió mi mente receptiva para que yo pudiera comprender, lo mejor posible, los deseos y la voluntad de Dios, y Sus metas en cuanto a nuestro país y a los habitantes de Sión. Y cuando se abrió mi mente y comprendí la situación de nuestra nación, de la iniquidad, de las abominaciones y la corrupción de la gente, de los juicios de Dios y de la destrucción que los esperaba, y cuando entendí la enorme magnitud de la responsabilidad que tenía el Quórum de los Apóstoles ante Dios y las huestes celestiales, mis ojos se volvieron un manantial de lágrimas y se humedeció mi almohada como si hubiera caído rocío del cielo. Ya no pude conciliar el sueño y el Señor me reveló nuestro deber, la responsabilidad de los Doce Apóstoles y de todos los fieles élderes de Israel” (Wilford Woodruff ’s Journal, tomo VII, pág. 546).

El élder Woodruff, en ese entonces miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, hizo una copia de la revelación que recibió y se la entregó a la Primera Presidencia de la Iglesia.

Se organizó la Sociedad Genealógica

El presidente Wilford Woodruff siempre tuvo mucho interés en la obra por los muertos y, bajo su guía, en 1894 se organizó la Sociedad Genealógica de Utah. Ese mismo año, el presidente Woodruff anunció asuntos importantes que el Señor había revelado referentes al sellamiento de las familias:

“Queremos que los Santos de los Últimos Días de esta época busquen la genealogía de sus antepasados investigando todo lo que puedan de las generaciones que los precedieron y que se sellen a sus padres. Que sellen los hijos a los padres y que formen una cadena lo más completa posible… Ésa es la voluntad del Señor para Su pueblo, y creo que cuando reflexionen sobre esto se darán cuenta de que es lo correcto…

“… los antepasados de este pueblo aceptarán el Evangelio. Es mi deber honrar a mi padre que me dio vida en la tierra y es también la responsabilidad de ustedes. Cuando lo hagan, el Espíritu de Dios los acompañará y continuaremos realizando esta obra, y el Señor nos iluminará todavía más de lo que ya lo ha hecho… Hay hombres en esta congregación que desean que yo los adopte [que los selle a mí]. Pero yo les digo que se sellen a sus propios padres, y ayuden a salvarlos y que se hagan responsables del linaje de su propia familia, como salvadores sobre el Monte de Sión, y Dios los bendecirá. Esto es lo que quiero decir y lo que deseo que se realice en nuestros templos… Me preocupa mucho este tema y he deseado mucho vivir hasta tener la oportunidad de enseñar estos principios a los Santos de los Últimos Días, porque son verdaderos. Constituyen un paso adelante en la obra del ministerio y en la obra de las investiduras en los templos de nuestro Dios… Con la ayuda de mis amigos, yo he realizado la obra y redimido a mis antepasados paternos y maternos. Cuando le pregunté al Señor cómo podría redimir a mis antepasados muertos, pues estaba en St. George y no tenía allí a mis familiares para ayudarme, el Señor me dijo que les pidiera a los que vivían allí que me ayudaran a oficiar en el templo y que Él lo consideraría aceptable… Esta es una revelación para nosotros, el que nos ayudemos unos a otros en estos asuntos” (Discourses of Wilford Woodruff, págs. 157–159).

Se aclaró la ley del ayuno

En 1896, bajo la dirección del presidente Wilford Woodruff, se cambió la costumbre de observar un día de ayuno el primer jueves del mes y se instituyó la práctica actual del primer domingo del mes como día de ayuno. Además de este cambio, la Primera Presidencia reiteró principios eternos: “En algunos lugares han empezado a creer que basta con no desayunar para considerarlo un ayuno. Esa costumbre difiere de lo que se hacía en los primeros años de la Iglesia en los que se acostumbraba no comer nada desde el día anterior hasta después de la reunión de ayuno por la tarde del día de ayuno. Al hacer las donaciones para los pobres también se ha entendido que los alimentos que se hubieran consumido en las dos comidas deben donarse a los pobres, y mucho más que eso si la persona tiene los medios y desea hacerlo” (“An Address”, The Deseret Weekly, 14 de noviembre de 1896, pág. 678).

Sión avanza con firmeza

El presidente Wilford Woodruff enseñó:

“Han ocurrido tantas cosas que han diferido de las ideas preconcebidas de cómo se debía edificar Sión que debemos tener la seguridad de que Dios nos está guiando por la senda que ahora seguimos. Para los que se desaniman fácilmente y ven todo con un aire tenebroso, tal vez les parezca que Sión es como un barco que se ha apartado del puerto donde siempre estuvo anclado, porque se están haciendo o aceptando ciertas cosas que, en su opinión, presagian la ruina para nosotros y para la obra de Dios.

“Siempre hemos tenido entre nosotros a algunos que piensan que algo malo nos va a suceder y que nunca entienden la sabiduría de Dios en los pasos que Él nos ha pedido que demos. Han dudado y encontrado algo que criticar en los consejos que se han dado y en las medidas que hemos adoptado. Han afirmado que la revelación ha cesado y que los santos ya no son guiados por hombres inspirados por Dios… Sabemos por experiencia que en todos los casos, los que hacen esas acusaciones son los que se encuentran en el error.

“Sin embargo, los fieles, los que han cumplido estrictamente con lo que el Evangelio requiere de los santos, no han sido acosados por dudas de esa naturaleza. Es posible que muchas cosas no las hayan entendido en su totalidad, y que en cierto momento no hayan comprendido las razones de alguna medida tomada, pero como eran guiados por el Espíritu de Dios, confiaron en el Señor y aceptaron dejar a cargo de Su sabiduría suprema el manejo del reino y de los asuntos de éste. Con el tiempo comprendieron que la Iglesia había sido guiada para seguir un curso correcto. Esto ha ocurrido con tanta frecuencia en nuestra carrera que los detalles serán aparentes para los que estén familiarizados con nuestra historia. Sin embargo, por ese medio se ha probado de manera constante la fe del pueblo” (Discourses of Wilford Woodruff, págs. 141–142).

Debemos esforzarnos por recibir el espíritu

Advierta las siguientes palabras del presidente Wilford Woodruff:

“José Smith me visitó muchas veces después de fallecido y me enseñó muchos principios importantes… Entre otras cosas, me dijo que siempre contaría con el Espíritu de Dios; que todos lo necesitábamos…

“Brigham Young también me visitó después de su muerte… me dijo lo que José Smith le había enseñado en Winter Quarters, que les enseñara a los miembros a obtener el Espíritu de Dios. Le había dicho: ‘Quiero que enseñes al pueblo a valerse del Espíritu de Dios. Sin Él, no es posible edificar el reino de Dios’.

“Eso es lo que quiero comunicar a los hermanos y hermanas que están aquí hoy. Todo hombre y mujer en esta Iglesia debe esforzarse por tener el Espíritu. Estamos rodeados de espíritus malignos que están en guerra con Dios y que luchan en contra de todo lo que edifique el reino de Dios; y necesitamos el Espíritu Santo para poder vencer esas influencias. He contado con la compañía del Espíritu Santo en mis viajes. Todos los que han ido a la viña y han trabajado con diligencia por la causa de Dios han gozado de esa compañía. He hablado antes de mi experiencia con la ministración de ángeles. ¿Qué hicieron esos ángeles? Uno de ellos me enseñó algunas cosas relacionadas con las señales que precederán a la venida del Hijo del Hombre. Otros vinieron a salvarme la vida y después se marcharon. Pero, ¿qué sucede con el Espíritu Santo? Si cumplimos con nuestro deber, el Espíritu Santo no se apartará de mí ni de ninguna otra persona. Siempre lo hemos sabido. En una ocasión José Smith le dijo al hermano John Taylor que se esforzara por obtener el Espíritu de Dios y que siguiera sus dictados y que éste sería una fuente de revelación para él. Dios me ha bendecido con esa revelación, y todo lo que he hecho desde que he estado en esta Iglesia se ha basado en ese principio. El Espíritu de Dios me ha dicho lo que debo hacer y he tenido que obedecerlo” (“Discourse”, The Deseret Weekly, 7 de noviembre de 1896, págs. 642–643).

Los miembros lo honraron con una celebración de cumpleaños

“Una de las fechas más importantes de la larga vida del presidente Woodruff fue la celebración de sus noventa años, el 1º de marzo de 1897. En esa ocasión, miles de Santos de los Últimos Días se reunieron en el Tabernáculo de Salt Lake para rendirle homenaje. Sus consejeros y otras autoridades generales hablaron, los obreros del templo le obsequiaron un bastón con adornos de plata y la congregación cantó ‘Te damos, Señor, nuestras gracias’. Al volver a su casa, el presidente Woodruff escribió sus impresiones del día en su diario. ‘La escena me dejó muy emocionado. Me vinieron a la mente los años de mi niñez y de mi juventud, y recordé con claridad con qué fervor oraba al Señor pidiéndole que me permitiera llegar a conocer a un profeta o a un apóstol que me enseñara el Evangelio de Jesucristo. Y allí me encontraba yo, en el gran Tabernáculo, repleto de diez mil niños, rodeado de profetas, apóstoles y santos. Mis ojos se convirtieron en un manantial de lágrimas, pero aun así hablé a la numerosa congregación’ ” (Preston Nibley, The Presidents of the Church, 1974, págs. 132–133).

Era un hombre de visión profética

Wilford Woodruff tenía una visión muy clara de la vida y era fiel a ella. Una vez dijo: “¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo y perdiese su alma? Nada. ¿Qué recompensa dará el hombre por su alma al llegar al otro lado del velo? Me sorprende mucho el poco interés que en general manifiestan los habitantes de la tierra acerca de la vida futura. Todas las personas van a vivir del otro lado del velo tanto tiempo como su Creador, hasta la eternidad que no tiene fin; y el destino eterno de cada persona depende de la manera en que se comporte durante los pocos años que dure esta vida. Pregunto en el nombre del Señor, ¿qué significa la popularidad para ustedes o para mí? ¿Qué significa el oro o la plata o la riqueza del mundo para cualquiera de nosotros, si no es para permitirnos obtener lo necesario para comer, beber, vestirnos y edificar el reino de Dios? Y que dejemos de orar y nos encandilemos con las riquezas del mundo es el súmmum de la ridiculez. Juzgando por el comportamiento de algunas personas, parecería que creen que van a vivir aquí eternamente y que lo que les depara el futuro depende de cuánto dinero tengan. A veces les pregunto a los Santos de los Últimos Días, ¿cuánto teníamos cuando vinimos a la tierra? ¿Cuánto nos trajimos, y de dónde vino? No creo que ninguno haya traído una esposa ni una casa de ladrillo; no creo que ninguno haya nacido montado a caballo ni en un coche; ni que hayamos traído acciones de la ferroviaria, ni ganado ni casas, sino que todos nacimos desnudos como Job y sé que nos marcharemos tan desnudos como él” (Discourses of Wilford Woodruff, págs. 243–244).

Se le conocía como “Wilford el fiel”

Cuando el corazón del presidente Wilford Woodruff dejó de latir el 2 de septiembre de 1898, los santos de Dios tuvieron motivos para llorar la pérdida porque los había dejado un hombre noble. Vivió una vida noble porque la había consagrado a fomentar la causa de Sión. Años antes, había escrito en su diario: “Dejo constancia de que yo, Wilford Woodruff, por mi propia voluntad pacto con mi Dios que me consagraré y dedicaré, y también ofreceré todo lo que poseo al Señor, con el fin de ayudar a edificar Su reino y Su Sión en esta tierra, con el fin de cumplir Su ley. Entregaré todo ante el obispo de Su Iglesia para poder ser un heredero merecedor del reino celestial de Dios” (citado en Cowley, Wilford Woodruff, pág. 45).

Wilford Woodruff fue un hombre que siendo joven anhelaba ver algún día a un apóstol del Señor Jesucristo, y vivió siguiendo los pasos de los profetas e incluso llegó a presidir entre los santos. Su deseo era permanecer fiel en todas las cosas hasta el fin de su vida. Era conocido por muchos como “Wilford el Fiel”; en una revelación en los inicios de la Iglesia, el Señor lo llamó “mi siervo” (D. y C. 118:6). ¡Qué gran epitafio para cualquier hijo de Dios!

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