28 de marzo: Cumpleaños de Spencer W. Kimball


Nace el 28 de marzo de 1895, en Salt Lake City, Utah; sus padres son Andrew Kimball y Olive Woolley Kimball.

Nace el 28 de marzo de 1895, en Salt Lake City, Utah; sus padres son Andrew Kimball y Olive Woolley Kimball.

Spencer Woolley Kimball nació un 28 de marzo de 1895, en Salt Lake City, Utah; es uno de los presidentes de la Iglesia más recordados, en parte por acontecimientos especiales que marcaron la historia de la Iglesia y que generaron un impulso especial en su crecimiento a niveles nunca antes alcanzados.

Andrew y Olive Kimball con sus hijos, 1897. Spencer está sentado en el regazo de su padre.

Andrew y Olive Kimball con sus hijos, 1897. Spencer está sentado en el regazo de su padre.

Creció en Thatcher, Arizona

La familia se mudó a Thatcher, Arizona, cuando Spencer W. Kimball tenía tres años de edad. Allí tuvo que ordeñar vacas, quitar la mala hierba de los huertos y pintar los edificios. Exigía mucho de sí mismo; en la escuela, en la Iglesia y entre los amigos, se esforzaba por lograr la excelencia. Se abstenía totalmente de cualquier cosa que pudiera contaminar su cuerpo. Fue presidente del quórum de diáconos y continuó sirviendo en puestos de liderazgo, cumpliendo cada llamamiento con tenacidad y devoción.

La herencia familiar de Spencer W. Kimball

“Al igual que Nefi en la antigüedad, [Spencer W. Kimball] también puede dar gracias al Señor por haber nacido de buenos padres. Sus dos abuelos eran colonizadores y hombres sobresalientes: Heber C. Kimball fue un apóstol del Señor, amigo y discípulo del profeta José Smith, consejero del presidente Young, y misione-ro extraordinario; Edwin D. Woolley fue una autoridad política muy original en Salt Lake, el administrador de negocios del presidente Young y un gran obispo del Barrio 13 durante un período de cuarenta años. Andrew Kimball, padre de Spencer, fue también un hombre asombroso, siempre enérgico y celoso defensor del Evangelio restaurado; presidió la Misión del Territorio Indio durante diez años y a intervalos regresaba a Salt Lake a fin de ganar el sustento para la familia. Durante veintiséis años y medio, desde 1898 hasta el día de su muerte, fue presidente de la Estaca St. Joseph que, a sugerencia del presidente John Taylor, había recibido su nombre en honor al profeta José Smith. Su capacidad como constructor y organizador ayudó al desarrollo de un gran imperio agrícola en el este de Arizona y, durante los años de su llamamiento, la estaca que se componía de unos cuantos barrios a lo largo del río Gila llegó a tener diecisiete barrios y ramas que se extendían desde la ciudad de Miami, Arizona, hasta la de El Paso, Texas” (Jesse A. Udall, “Spencer W. Kimball, the Apostle from Arizona”, Improvement Era, octubre de 1943, pág. 590).

Andrew y Olive Kimball con sus hijos, 1897. Spencer está sentado en el regazo de su padre.

Andrew y Olive Kimball con sus hijos, 1897. Spencer está sentado en el regazo de su padre.

Sus tempranas experiencias lo prepararon para servir

Spencer W. Kimball tuvo muchos encuentros cercanos con la muerte: casi se ahogó, tuvo varios accidentes, enfermedades extremadamente serias y operaciones quirúrgicas. Su hija Olive Beth Kimball Mack dijo:

“Papá ha tenido muchas aflicciones, enfermedades, y varias experiencias difíciles que vencer, las cuales no sólo lo han fortalecido sino también le han enseñado a ser comprensivo con los demás… Perdió a su mamá cuando tenía once años y poco después murió una de sus hermanitas. Él escribe lo siguiente con respecto a esa época:

“ ‘Me vino a la memoria, el recuerdo lejano de una escena de angustia, terror, miedo y desesperanza. Allí estábamos ocho de los once hijos en el dormitorio de mis padres. Nuestra madre había fallecido, nuestro padre se encontraba lejos y nuestro hermano mayor Gordon estaba sentado en una silla mientras nuestra hermanita menor moría en sus brazos, y todos nosotros alrededor de su silla, asustados, orando y llorando. El doctor se encontraba a muchos kilómetros de distancia; su calesa tirada por un caballo no podía hacer que llegara a tiempo a casa; y aunque hubiera llegado a tiempo, ¿qué hubiera podido hacer? La pequeña Rachel parecía estar sufriendo de una combinación de difteria y tos ferina que prácticamente la estaban ahogando. Aterrorizados, observábamos mientras su pequeño cuerpo luchaba tenazmente por respirar y por su vida, hasta que de pronto se calmó totalmente; había perdido la batalla’ ” (How a Daughter Sees Her Father, the Prophet [discurso pronunciado en el Seminario e Instituto de Religión de Salt Lake, 9 de abril de 1976], págs. 3–4).

Al escribir sobre la vida de este hombre extraordinario, el élder Boyd K. Packer citó las palabras del mismo Spencer W. Kimball para describirlo:

“En una ocasión, el presidente Kimball dijo: ‘¿Qué madre, al contemplar a su bebé con ternura, no lo imagina como el futuro Presidente de la Iglesia o el presidente de su país? Al acunarlo en sus brazos lo ve ya como un hombre de estado, una autoridad, un profeta. ¡Y para algunas madres ese sueño se hace realidad! Una madre nos dio a un Shakespeare; otra, a un Miguel Ángel; otra, a un Abraham Lincoln y otra, a un José Smith.

“ ‘Cuando los teólogos tambalean y tropiezan, cuando los labios alardean y los corazones se apartan, y los hombres “van errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente buscando la palabra de Jehová sin poder hallarla”, cuando hace falta que las nubes del error se disipen, que la oscuridad espiritual se desvanezca y que los cielos se abran, nace una criatura’ ” (Conference address, 4 de abril de 1960).

“Y en esas circunstancias llegó Spencer Woolley Kimball. El Señor dispuso esos sencillos comienzos. No preparaba a un simple hombre de negocios, ni a un líder cívico ni a un orador, poeta, músico ni siquiera a un maestro —aunque él estaría capacitado para cualquiera de esos cargos— sino que preparaba a un padre, un patriarca para su familia, un apóstol y profeta, un presidente para Su Iglesia” (véase “Spencer W. Kimball: Un hombre diferente”, Liahona, julio de 1974, pág. 2).

Mantuvo un registro perfecto de asistencia a la Escuela Dominical y a la Primaria

“Desde su niñez siempre ha sido muy estricto con su trabajo, conformándose solamente cuando lo hacía con excelencia. Durante años tuvo un registro perfecto de asistencia a la Escuela Dominical y la Primaria. Un lunes estaba en el campo apisonando heno con sus hermanos mayores, cuando sonó la campana de la capilla que llamaba a los niños a la Primaria.

“ ‘Tengo que ir a la Primaria’, les dijo tímidamente.

“ ‘No puedes ir hoy; te necesitamos’, le contestaron.

“ ‘Bueno, si papá estuviera aquí, me dejaría ir’, insistió él.

“ ‘Papá no está aquí’, le dijeron sus hermanos, ‘y no vas a ir’.

“Los montones de paja se acumularon tanto que estuvieron a punto de cubrir al pequeño Spencer; pero finalmente alcanzó a salir y se escapó, escurriéndose en silencio por detrás de la carreta; y recién cuando él ya se encontraba a medio camino de la capilla, manteniendo así intacto su propio récord, se dieron cuenta de su ausencia…

“…Al igual que Daniel, el élder Kimball nunca se contaminó con el pecado. Si alguien le preguntaba si siempre había obedecido la Palabra de Sabiduría, él respondía con humildad que nunca había probado té, café, alcohol, ni tabaco” (Udall, Improvement Era, octubre de 1943, pág. 591).

Su padre presintió la futura grandeza del joven Spencer

“Cuando Spencer Wooley Kimball tenía diez años de edad, le gustaba ayudar a su padre en los quehaceres. Sentado en un banco, cantaba alegremente mientras ordeñaba una de las vacas, totalmente ajeno a su padre, que estaba parado a la entrada del granero hablando con un vecino que acababa de entregarle una carga de calabazas para los puercos.

“ ‘Spencer es un chico excepcional’, le decía [el padre de Spencer, quien era presidente de estaca]. ‘Procura siempre obedecerme en todo lo que le digo. Lo he dedicado para que sea uno de los portavoces del Señor, si ésa es Su voluntad. Algún día lo verá usted como un gran líder. Lo he dedicado al servicio de Dios, y llegará a ser un hombre de gran influencia en la Iglesia’.

“Aún al ordeñar las vacas, el niño justificaba con su proceder la fe y la confianza de su padre, pues cantaba con un propósito: En el suelo, junto al cubo de leche, había un pedazo de papel en el que estaba escrita la letra del himno que deseaba aprender; así practicaba todos los días para poder memorizar las palabras de los himnos de la Iglesia. A menudo hacía lo mismo con versículos de Escritura, memorizándolos para poder citarlos en el futuro” (“Early Prophecies Made about Mission of Elder Kimball”, Church News, 18 de noviembre de 1961, pág.16).

A temprana edad se fijó la meta de leer La Biblia

En un discurso pronunciado en una conferencia general de 1974, el presidente Spencer W. Kimball habló de la satisfacción que sintió al alcanzar la meta que se había trazado en su juventud:

“Permítanme hablarles de una de las metas que me propuse cuando todavía era un jovencito. Al oír a una de las autoridades de la Iglesia decirnos que debíamos leer las Escrituras, pensé en que yo nunca había leído la Biblia; esa misma noche, al terminar el sermón, me fui a casa que se encontraba cerca de allí, subí a mi cuarto en la buhardilla, encendí una pequeña lámpara de petróleo que se hallaba en una mesita y leí los primeros capítulos de Génesis. Un año después cerré la Biblia, después de haber leído cada uno de los capítulos de ese grande y glorioso libro.

“Descubrí que la Biblia que estaba leyendo contenía 66 libros; estuve a punto de desanimarme cuando vi que contenía 1.189 capítulos y 1.519 páginas. Era una tarea formidable, pero yo sabía que si otros lo habían hecho, yo también podía hacerlo.

“Comprobé que había ciertas partes que eran difíciles de entender para un joven de catorce años, y algunas páginas no me interesaban en particular; pero, después de haber leído los 66 libros, y los 1.189 capítulos y las 1.519 páginas, sentí la agradable satisfacción de saber que me había impuesto una meta y la había logrado.

“No les relato esto para jactarme; sólo lo estoy usando como ejemplo para decirles que si yo pude hacerlo a la luz de una lámpara de petróleo, ustedes pueden hacerlo con luz eléctrica. Siempre he sentido gozo por haber leído la Biblia de un extremo al otro” (véase Spencer W. Kimball, “Haciendo Planes para una vida plena y satisfactoria”, Liahona, septiembre de 1974, pág. 34).

El equipo de básquetbol (baloncesto) de la Academia Gila, 1912–1913. Spencer W. Kimball es el primero de la derecha.

El equipo de básquetbol (baloncesto) de la Academia Gila, 1912–1913. Spencer W. Kimball es el primero de la derecha.

Fue un buen estudiante y deportista

“El joven Spencer creció en Thatcher y, al haber completado sus estudios en escuelas públicas, ingresó a la Academia Gila, institución establecida por la Iglesia al comienzo de la colonización del valle. Más tarde se cambió el nombre de la institución a Gila Junior College. En 1914 fue presidente de su clase y se graduó con los más altos honores. Además de sus éxitos escolares, también fue el delantero estrella del equipo de básquetbol (baloncesto), el que alcanzó la victoria en muchos partidos por la habilidad que él tenía para encestar desde cualquier posición en la cancha” (Udall,Improvement Era, octubre de 1943, pág. 591).

Muchos años después, mientras yacía sin poder dormir en una cama de hospital, el presidente Spencer W. Kimball recordó una de sus experiencias anteriores en la cancha de básquetbol:

“Estoy en la cancha de básquetbol. Jugamos con pantalones de trabajo y camisa, con zapatos baratos de goma y balones que compramos nosotros mismos. Derrotamos al equipo de Globe High School en nuestra cancha de tierra, a Safford y otras escuelas; esta noche nosotros, los de la Academia, jugamos contra el equipo de la Universidad de Arizona.

“Es una gran ocasión. Esta noche han venido muchas personas por primera vez. Algunos de los del pueblo dicen que el básquetbol es un deporte de niñas; no obstante, muchos asisten esta noche. Nuestra cancha no es exactamente de las medidas reglamentarias; nosotros estamos acostumbrados a ella, pero nuestros oponentes no. Hoy tengo una singular suerte en los tiros y el balón entra en el cesto una y otra vez. El juego termina con el triunfo de nuestro equipo. Yo soy el jugador más pequeño y el más joven del grupo, pero he conseguido marcar más puntos que nadie debido a que todo el equipo ha hecho esfuerzos para protegerme y pasarme la pelota. Estoy sobre los hombros de los muchachos más grandes de la Academia, que me llevan en andas alrededor del salón para mi consternación y vergüenza” (One Silent Sleepless Night, 1975, pág. 57).

APRENDIÓ A HACER LAS COSAS CORRECTAMENTE

Años después, el presidente Spencer W. Kimball habló más acerca de las otras responsabilidades que tenía mientras crecía:

“Allí está el cobertizo de los arneses. Papá siempre es muy meticuloso con ellos y deben estar colgados cuando no se estén usando para los caballos. Los collares deben estar suaves y limpios, las bridas ajustadas exactamente, las anteojeras en su lugar; el arnés debe lavarse con frecuencia con jabón especial y después aceitarse. Además aprendo otra lección importante: no se debe descuidar el equipo de cuero, para que nunca se reseque o agriete.

“Allí está el cobertizo de los carruajes. Los carruajes no sólo deben estar en él, protegidos de las tormentas y del sol, sino que también se deben mantener limpios. Aprendo a lavar y engrasar los vehículos. En un pequeño envase que está a la derecha del edificio se encuentran la lata de grasa y el embadurnador; levanto un lado sobre el caballete de madera, quito la rueda, engraso cuidadosamente el eje, coloco la tuerca y la aprieto para mantenerla en su lugar; después hago lo mismo con la otra rueda. También se debe seguir este procedimiento con las carretas tantas veces como lo necesiten, y además, es necesario pintarlas. Desde muy niño aprendo a comprar la pintura, mezclarla y aplicarla a la carrocería, las ruedas y el armazón; la línea fina de adorno debe aplicarse con precisión. Es necesario blanquear con cal las cercas y pintar de verde el enrejado. La casa grande también necesita pintura, y me subo por las escaleras altas para pintar los aleros y la orilla. Al principio papá hacía la mayor parte, pero gradualmente, he comenzado a hacerlo yo hasta que poco a poco se ha convertido casi exclusivamente en mi tarea. También se deben pintar a intervalos el granero, el cobertizo de los arneses y los establos” (One Silent Sleepless Night, pág. 20).

FUE UN MISIONERO ENTREGADO Y DEDICADO

“En mayo de 1914, mientras ordeñaba las vacas,… Spencer recibió una carta de la oficina misional de Salt Lake City, por medio de la cual se le extendía el llamamiento de servir en una misión proselitista en la Misión Suiza-Alemania. La carta, firmada por Joseph F. Smith, sexto presidente de la Iglesia, indicaba que debía partir en octubre. Spencer anticipaba que Europa sería un lugar exótico y fascinante, y el alemán que había aprendido en la academia le facilitaría el aprendizaje del idioma.

“Pero en julio del mismo año, la situación en Europa cambió drásticamente. Un estudiante serbio asesinó al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono Austro-Húngaro, hecho que motivó a Austria-Hungría a declararle la guerra a Serbia, el 28 del mismo mes. Esto creó un conflicto que se extendió rápidamente por Alemania, Rusia, Francia, Bélgica y Gran Bretaña.

“Por motivo de la guerra, el élder Kimball fue reasignado a la Misión de los Estados Centrales de los Estados Unidos, cuya sede se encontraba en Independence, Misuri. Se sentía desilusionado, pero se resignó a aceptar el cambio de servir en el lugar donde su padre, su madrastra y su hermano Gordon habían cumplido una misión. Mientras el tren atravesaba los desiertos de Arizona y California hacia Nevada y Utah, Spencer, un nuevo élder, sentía ansiedad al igual que curiosidad y emoción al contemplar los cambios que estaban a punto de surgir en su vida.

“La responsabilidad de pagar los gastos de la misión les correspondía a los misioneros o a sus familias, por lo que el élder Kimball vendió su brioso caballo negro por ciento setenta y cinco dólares, cantidad suficiente para cubrir sus gastos por seis meses; además, utilizó el dinero que había ganado cuando trabajaba en la lechería, y el resto lo pagó su padre. Esto no significaba que pudiera permitirse un estilo de vida lujoso” (Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball Jr. Spencer W. Kimball, 1977, págs.72–73).

Durante la misión, el élder Kimball vivió experiencias que le causaron angustia y desaliento: en mayo de 1915, su padre le informó de la muerte de Ruth, su hermana de veintiún años; mucha gente rechazaba su mensaje y las responsabilidades que había asumido eran pesadas; no obstante, continúo trabajando diligentemente.

Después de catorce meses en el campo misional, lo nombraron presidente de conferencia de la región de Saint Louis. Ésta asignación le ocasionaba temor, ya que él era menor que la mayoría de los treinta y cinco misioneros que estaban a su cargo, pero gracias a su dedicación a la obra y a su confianza en el Señor, logró tener éxito.

El tocar puertas y predicar en las calles eran actividades que formaban parte del trabajo de un misionero, y a veces, el élder Kimball inventaba métodos creativos para entablar conversaciones con la gente. “Al dirigirse a los misioneros años después, solía relatarles una de sus experiencias en la que había utilizado una táctica ingeniosa para establecer contactos. Cierta vez, al repartir folletos en Saint Louis, vio un piano por entre una puerta entreabierta, y le dijo a la mujer, que estaba a punto de cerrarla: ‘Usted tiene un bonito piano’.

“ ‘Acabamos de comprarlo’, titubeó la mujer.

“ ‘Es de marca Kimball, ¿no es cierto? Kimball es mi apellido. Podría tocar una canción que a lo mejor le guste’.

“Sorprendida, le respondió: ‘Por supuesto; pase’.

“El élder Kimball se sentó en el banco y no sólo tocó, sino también cantó el himno ‘Oh, mi Padre’.

“Que el élder Kimball haya sabido, ella nunca se unió a la Iglesia, pero no fue porque él no hubiese intentado” (Kimball y Kimball, Spencer W. Kimball, págs. 79–80).

El élder Kimball disfrutaba de las reuniones en las calles. “Uno de sus lugares favoritos era la esquina entre la calle Veinte y Franklin. Mientras que otros se preguntaban del valor que dichas reuniones tenían, el élder Kimball nunca dudó de ello. Sentía un gozo incomparable a cualquier otro tipo de proselitismo al participar en esas actividades. Dichas experiencias le proporcionaron memorias inolvidables, como la que tuvo una vez al terminar una reunión, en que no había ninguna otra persona aparte de los misioneros, el élder que dirigía dijo solemnemente: ‘Si todos ponen atención, daremos por terminada la reunión’, o aquella vez que el élder Kimball concluyó su discurso en la mitad de una frase, cuando vio que los únicos que estaban allí eran sus dos compañeros” (Francis M. Gibbons, Spencer W. Kimball: Resolute Disciple, Prophet of God, 1995, pág. 51).

ENCONTRÓ UNA ESPOSA ENCANTADORA

Spencer W. Kimball regresó de su misión en enero de 1917. En agosto de ese mismo año dio un informe sobre su misión en una conferencia de estaca, en la que estaba presente Camilla Eyring, una joven que le habían presentado informalmente antes de la misión. Cuatro días después de la conferencia, se encontraron en la parada del autobús, se sentaron juntos y participaron en su primera conversación, durante la cual él le preguntó a Camilla si podía visitarla y ella aceptó.

“Sin embargo, ella no se imaginó que él llegaría sin aviso previo. Una noche poco después de su viaje en autobús, Camilla estaba preparándose para ir a un baile con su novio y otros amigos; llevaba puesta una bata y tenía rulos (tubos) en el cabello, cuando el joven Spencer se apareció. Sin saber qué hacer, Camilla se sentó a conversar con él en la entrada de su casa, esperando que se fuera pronto, hasta que parecía obvio que él no tenía intenciones de irse.

“ ‘Estaba metida en camisa de once varas’, añadió Camilla más tarde. Aunque quería demostrar preferencia por Spencer, ya tenía una cita, así que no le reveló toda la verdad y le dijo que un grupo de personas iba a un baile y le preguntó si le gustaría ir. Spencer, encantado por su buena suerte, aceptó la invitación; cuando Alvin y los demás llegaron, Camilla le preguntó si su amigo podía acompañarlos. Los dos subieron al auto y Alvin demostró su disgusto por medio del acelerador. ‘Manejó’, dijo Camilla, ‘como si el diablo lo estuviese persiguiendo’. Cuando habían llegado al salón de baile en Layton, Alvin dio por terminada su relación con Camilla y no volvió a bailar con ella por quince años. ‘Fue una mala jugada’, admitió Camilla” (Kimball y Kimball, Spencer W. Kimball, pág. 84; véase también Gibbons, Spencer W. Kimball, págs. 63–64).

El noviazgo de Camilla y Spencer floreció y los llevó a contraer matrimonio el 16 de noviembre de 1917. Más tarde, se le rindió a ella el siguiente homenaje:

“¡Cuánto del éxito del hombre depende de su esposa! El élder Kimball ha sido favorecido con una compañera encantadora que ha sido constante, paciente, alentadora y llena de comprensión. Su capacitación en la economía doméstica y la enseñanza de esta materia le han permitido alimentar y vestir bien a su familia, aun cuando algunas veces los ingresos fueron escasos. Camilla es hija de Edgard Christian Eyring y Carolina Romney. Su familia había llegado a Arizona en 1912 procedente de México, tratando de escapar de la revolución mexicana. En 1917, mientras enseñaba en la Academia Gila en Thatcher, conoció a Spencer, y antes de que pasaran muchos meses, su cortejo terminó en matrimonio. Se dice que las flores transplantadas son generalmente las más bellas, y así fue en el caso de la joven de ojos azules, cabello dorado, con nombre español, trasplantada de México. Floreció gloriosamente hasta convertirse en una mujer inteligente, capacitada y prominente” (Udall,Improvement Era, octubre de 1943, pág. 591).

LAS OPORTUNIDADES DE LIDERAZGO LO PREPARARON PARA EL APOSTOLADO

A la edad de veintitrés años, un año después de haber sido relevado de su misión, Spencer W. Kimball asumió el cargo de secretario de la Estaca St. Joseph en Safford, Arizona. Seis años más tarde, en 1924, lo sostuvieron como consejero de la presidencia de esa estaca, y en ocasiones, desempeñó ambos cargos simultáneamente. Luego, en 1938, la estaca se dividió y él pasó a ser presidente de la nueva Estaca Mount Graham. Cinco años y medio después, y luego de haber pasado casi un cuarto de siglo trabajando en cargos directivos de la estaca, fue ordenado apóstol y pasó a formar parte del Quórum de los Doce Apóstoles, el 7 de octubre de 1943.

“El [élder] Kimball posee tantas cualidades que lo califican para tomar parte en el liderazgo de la Iglesia, que es difícil señalar alguna característica en especial y decir que en ella yace el secreto de su éxito. Dos de sus características sobresalientes son: primero, su amor por la gente, un amor que engendra el amor; las personas aceptan con agrado sus enseñanzas; sus tratos infunden confianza; el granjero próspero o el humilde trabajador, el ama de casa o el joven o la jovencita adolescente tienen confianza en su integridad; y segundo, su atención constante a los deberes cotidianos… El nuevo apóstol ha vivido de tal manera que parecería que estuviera constantemente en la presencia de Dios, y que en ningún momento de su atareada vida ha olvidado la responsabilidad que tiene ante su Creador” (Udall, Improvement Era, octubre de 1943, pág. 639).

Spencer W. Kimball también trabajó con éxito durante veinticinco años en la banca, los seguros y los bienes raíces. Ayudó a organizar las compañías Gila Broadcasting Company [Compañía Radiodifusora de Gila] y Valley Irrigation Company [Compañía de Irrigación del Valle de Gila], además de desempeñar importan-tes asignaciones directivas en las mismas. Fue gobernador de distrito del Club Rotario Internacional y presidente del Club Rotario de Safford, miembro de la mesa directiva de la Universidad de Gila, miembro del Cuerpo de Jubilación de Maestros de Arizona, vice-presidente del Consejo de Boy Scouts de Roosevelt, presidente de la USO (Organización Unida de Servicios), director de la campaña de Recaudación de Fondos para la Guerra en el Condado de Graham, y maestro de ceremonias en muchas funciones cívicas y de la Iglesia. Como pianista y cantante estaba en constante demanda y durante muchos años fue miembro de un popular cuarteto llamado Los Conquistadores.

ACEPTÓ SU LLAMAMIENTO CON HUMILDAD

En la conferencia general de octubre de 1943, el día en que se le sostuvo como apóstol, el élder Spencer W. Kimball se dirigió a la congregación y, refiriéndose al día de su nombramiento al Quórum de los Doce Apóstoles, dijo:

“Creo que las Autoridades Generales fueron muy amables conmigo al darme tiempo para arreglar mis asuntos cuando me notificaron del llamamiento; pero probablemente estuvieron más inspirados por darme el período que necesitaba para purificarme, pues, durante esos largos días y semanas dediqué mucho tiempo a meditar y orar, ayunar y orar. Pensamientos confusos surgían en mi mente; parecía como si escuchara voces que me decían: ‘No puedes hacer la obra. No eres digno. No tienes la capacidad’, mas por fin me llegó la idea triunfante: ‘Debes hacer el trabajo asignado; debes capacitarte, ser digno y merecedor’. Y la batalla continuó con más fuerza.

“Recuerdo haber leído que Jacob luchó toda la noche ‘hasta el amanecer’, por una bendición; y yo deseo decirles que por ochenta y cinco noches he pasado por esa experiencia, luchando por una bendición. Ochenta y cinco veces las primeras luces del alba me encontraron de rodillas rogando al Señor que me ayudara, que me fortaleciera y me capacitara para cumplir con esa gran responsabilidad que había recibido” (Conference Report, octubre de 1943, págs.15–16).

SENTÍA UN GRAN AMOR POR LOS HIJOS DE LEHI

El élder Spencer W. Kimball explicó:

“No sé cuándo comencé a amar a los hijos de Lehi. Puede haber sido cuando nací, porque antes y después de que naciera, mi padre cumplió varias misiones entre ellos en territorio indio. Él era el presidente de la misión. Ese amor pudo haber nacido en aquellos primeros años de mi niñez, cuando mi padre solía cantarnos los cantos de los indios y mostrarnos recuerdos y fotogra-fías de sus amigos indios. Puede que haya sido cuando recibí mi bendición patriarcal, de manos del patriarca Samuel Claridge, cuando tenía nueve años de edad. En una parte de la bendición dice:

“ ‘Predicarás el Evangelio a mucha gente, pero muy especialmente a los lamanitas, porque el Señor te bendecirá con el don de lenguas y con poder para enseñar el Evangelio a ese pueblo con gran sencillez. Los verás organizados y estarás preparado para ser un baluarte “entre este pueblo” ’…

“…Tenemos como medio millón de hijos de Lehi en las islas del mar, y como sesenta millones en Norte y Sudamérica, siendo quizás la tercera parte de ellos de sangre pura, y las otras dos terceras partes son mezclas, pero tienen la sangre de Jacob en sus venas.

“Alguien ha dicho:

“ ‘Si mi pluma tuviera el don del llanto, escribiría un libro y lo llamaría “El indio”, y haría que todo el mundo llorara’.

“Espero poder ayudar a que todo el mundo llore por los hijos de Lehi. ¿Puede alguien contener las lágrimas al contemplar la caída de este pueblo que ha sido rebajado desde su nivel de cultura y logros hasta el analfabetismo y la degradación; de reyes y emperadores, a la esclavitud; de poseedores de las tierras de grandes continentes a ser aprendices indigentes de los gobiernos y peones; de hijos de Dios con un conocimiento divino, a salvajes, víctimas de la superstición, y de constructores de templos a moradores de casas de lodo…?

“Cómo desearía que pudieran acompañarme por las reservaciones amerindias y especialmente a la tierra de la tribu Navajo y ver la pobreza, la necesidad y las condiciones míseras que padecen, y comprender de nuevo que esas gentes son hijos e hijas de Dios; que su condición mísera es el resultado, no sólo de siglos de guerras, y de pecados y separación de Dios, sino que también es atribuible a nosotros, sus conquistadores, quienes los pusimos en reservaciones con recursos y medios limitados, para morir de inanición y malnutrición o por condiciones insalubres, mientras que noso-tros prosperamos con los bienes que les arrebatamos. Piensa en estas cosas, pueblo mío, y después llora por el indio, y junto con tu llanto, ora y después trabaja por él. Solamente por medio de nosotros, sus ‘ayos y nodrizas’, podrán con el tiempo disfrutar del cumplimiento de las muchas promesas que se les han hecho. Suponiendo que cumplamos con el deber que tenemos para con ellos, los indios y otros hijos de Lehi aún se levantarán con poder y fuerza. El Señor recordará el convenio que hizo con ellos; Su Iglesia será establecida entre ellos; la Biblia y otras Escrituras estarán disponibles para ellos; entrarán en los santos templos para recibir sus investiduras y hacer la obra vicaria; llegarán al conocimiento de sus padres y obtendrán un entendimiento perfecto de su Redentor Jesucristo; prosperarán en la tierra y, con nuestra ayuda, edificarán una ciudad santa, aun una Nueva Jerusalén, para su Dios” (en Conference Report, abril de 1947, págs. 144–145, 151–152).

UN APÓSTOL ES UN TESTIGO ESPECIAL DE CRISTO

“Después de su llamamiento como miembro del Consejo de los Doce, [el élder Spencer W. Kimball] sufrió una serie de ataques al corazón y, habiéndole dicho los médicos que debía descansar, él quiso estar con sus amados indios. El hermano Golden R. Buchanan lo llevó al campamento del hermano Polacca y su esposa, en las cumbres, entre los bosques de pinos del estado de Arizona, donde permaneció durante semanas hasta que se le normalizó el corazón y recobró su vigor.

“Una mañana lo echaron de menos en el campamento y como no regresaba para el desayuno, el hermano Polacca y otros amigos indios salieron en su busca; lo encontraron a varios kilómetros de allí, sentado bajo un enorme pino, con la Biblia abierta en el último capítulo del Evangelio según Juan. En respuesta a la interrogante de sus preocupados rostros, les dijo: ‘Hoy hace seis años que recibí mi llamamiento como apóstol del Señor Jesucristo, y quise pasar el día con Él, ya que soy Su testigo’.

“Después, los problemas del corazón volvieron a presentársele, mas esto no le hizo disminuir su ritmo de trabajo durante mucho tiempo” (véase Boyd K. Packer, “Spencer W. Kimball: Un hombre diferente”, Liahona, julio de 1974, pág. 4).

SUFRIÓ DE CÁNCER EN LA GARGANTA Y EN LAS CUERDAS VOCALES

En 1957, después de luchar con problemas de ronquera por varios años, al élder Spencer W. Kimball se le diagnosticó cáncer en la garganta y en las cuerdas vocales. Los doctores le dijeron que perdería la voz, elemento principal de su vida y de su servicio como apóstol. El élder Boyd K. Packer escribió:

“Sería tal vez ése su Getsemaní.

“Fue a operarse a la parte este de los Estados Unidos y lo acompañó el élder Harold B. Lee. Cuando lo preparaban para llevarlo a la sala de cirugía, sus sufrimientos eran intensos al pensar en las nefastas posibilidades, y dirigiéndose al Señor le dijo que no veía cómo podría vivir sin voz, puesto que su llamamiento consistía en predicar y en hablar.

“ ‘Este paciente al que usted va a operar no es un hombre común’, le dijo el élder Lee al cirujano. Como resultado de las bendiciones y las oraciones, la operación no fue tan radical como el médico había recomendado.

“Pasó por un largo período de recuperación y preparación. Había perdido la voz, pero una nueva vino a reemplazarla; una voz baja, persuasiva, suave, una voz adquirida, una voz atractiva y amada por los santos.

“Entretanto, pudo seguir trabajando; durante las entrevistas, escribía a máquina sus respuestas. También pasaba parte del tiempo trabajando en la oficina.

“Entonces llegó el momento de la prueba. ¿Podría hablar? ¿Podría predicar?

“Para dar su primer discurso, regresó al valle donde había crecido. Allí, en una conferencia de la Estaca Mount Graham, acompañado por su estimado amigo y compañero de Arizona, el élder Delbert L. Stapley, se puso de pie ante el púlpito.

“ ‘He vuelto aquí’, dijo, ‘a fin de estar entre mi propia gente. Aquí fui presidente de estaca’. Tal vez pensara que si la voz llegaba a fallarle, allí estaría entre aquéllos que más lo amaban, y que comprenderían.

“Hubo una gran demostración de amor y la tensión de ese momento dramático que había llegado a su fin cuando dijo: ‘Debo decirles lo que me ha ocurrido. Fui al Este, y mientras estaba allí, caí en manos de degolladores…’ Después de eso, no importó lo que dijera. ¡El élder Kimball había regresado!” (véase Boyd K. Packer, “Spencer W. Kimball: Un hombre diferente”,Liahona, julio de 1974, pág. 3).

Fue así, que entre sus amigos, le dijo adiós al pasado y comenzó a hablar con una voz nueva que por cierto no le permitiría cantar, pero que llegaría a ser amada y familiar para los miembros, con un sonido grave que reflejaría la gravedad de su mensaje.

SE SOMETIÓ A UNA CIRUGÍA A CORAZÓN ABIERTO

La fragilidad de su salud de nuevo amenazó con truncar el llamamiento para el cual estaba siendo preparado; las complicaciones del corazón volvieron a surgir y se requirió una intervención quirúrgica para salvarle la vida. Nuevamente el presidente Lee le dio una bendición en la que pidió por la vida del paciente y la guía divina para el cirujano. Ambas bendiciones se cumplieron y el élder Kimball se recuperó; un profeta se había salvado. Dos años más tarde se le sostuvo como Presidente de la Iglesia del Señor, y demostró tener una salud asombrosamente buena.

AMONESTÓ EN CONTRA DEL AMOR POR LAS RIQUEZAS DEL MUNDO

El élder Spencer W. Kimball ofreció la siguiente perspectiva con respecto a las riquezas y a las posesiones materiales:

“Un día, un amigo me llevó a su casa de campo. Abrió la puerta de su automóvil nuevo y grande, se sentó detrás del volante y dijo con satisfacción: ‘¿Te gusta mi auto nuevo?’ Recorrimos la zona rural con suma comodidad, y llegamos a una casa recién construida y ubicada en un hermoso predio; allí me dijo con gran orgullo: ‘¡Ésta es mi casa!’

“Seguimos hasta una colina cubierta de césped. El sol se estaba escondiendo detrás de los cerros distantes. Él recorrió con la vista su vasto dominio…

“…Nos dimos vuelta para mirar a la distancia, y me señaló graneros, silos y una granja hacia el oeste. Con un amplio gesto que lo abarcaba todo, dijo con alarde: ‘Desde la arboleda hasta el lago, desde los riscos hasta la granja y sus edificios, y todo lo que queda en medio —¡todo eso es mío! Y esas manchas negras en la llanura… es el ganado, y me pertenece’.

“Fue entonces que le pregunté cómo lo había obtenido. La cadena de propietarios en su familia llegaba hasta las concesiones de tierras hechas por los gobiernos. Su abogado le había asegurado que tenía un título libre de trabas.

“ ‘¿De quién lo obtuvo el gobierno?’, inquirí. ‘¿Cuánto se pagó por ese título?’

“A mi mente llegó la declaración salmista expuesta osadamente por Pablo: ‘Porque del Señor es la tierra y su plenitud’ (1 Corintios 10:26)…

“Y luego le pregunté: ‘¿Recibieron el título de propiedad del Creador de la tierra, por lo tanto, el dueño de todo? ¿Se le pagó a Él? ¿Él te vendió esa propiedad o te la arrendó o te la regaló? Si es un regalo, ¿de quién vino? Si es producto de una venta, ¿con qué tipo de cambio o moneda se compró? Si la tienes en arriendo, ¿cómo haces un balance financiero adecuado?’

“Y luego pregunté, ‘¿Cuál es el precio de todo esto? ¿Con qué tesoros compraste esta tierra?’

“ ‘¡Con dinero!’

“ ‘¿Dónde obtuviste el dinero?’

“ ‘Mediante mi esfuerzo, mi sudor, mi trabajo y toda mi energía’.

“ ‘¿De dónde sacaste la fuerza, la energía para trabajar y las glándulas para sudar?’.

“Y me habló de alimentos, y yo agregué:

“ ‘¿Dónde se originó el alimento?’

“ ‘Mediante la energía del sol, con la contribución de la atmósfera, la tierra y el agua’.

“ ‘Y ¿quién trajo aquí esos elementos?’…

“Mas mi amigo continuó diciendo: ‘¡Es mía… es mía!’, como si quisiera convencerse contra el conocimiento más cierto de que a lo sumo era un arrendador desleal.

“Eso sucedió hace muchos años. Tiempo después lo vi en su lecho de muerte, entre muebles lujosos, en una mansión palaciega. Su fortuna era enorme. Le crucé los brazos sobre el pecho y le cerré los ojos; hablé en su funeral, y seguí el cortejo desde los terrenos que él reclamaba como suyos, hasta su tumba, una extensión pequeñita y oblonga, del largo de un hombre alto y el ancho de un cuerpo rollizo.

“Más tarde vi aquella misma tierra, amarilla de grano, verde de alfalfa, blanca de algodón… evidentemente impasible ante la vida y la muerte de aquel que la había reclamado como suya. ¡Oh, insignificante hombre, ve a la hormiga trabajadora llevando las arenas del mar!” (véase Spencer W. Kimball, “Probadme en esto”,Liahona, abril de 1981, págs. 4–6).

EL EVANGELIO PROPORCIONA SOLUCIONES A LOS PROBLEMAS

En 1971, el presidente Spencer W. Kimball, en ese entonces Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó que “el Señor proporcionó todo lo que el hombre necesita para ser feliz en esta tierra…

“Cuán perturbado se debe sentir [el Padre Celestial] al ver que Sus hijos no utilizan su albedrío sabiamente y al ver a cientos de millones de Sus hijos que no tienen lo que necesitan, a otros cientos de millones que a duras penas cuentan con lo necesario y al gran número de hijos sumergidos en una abundancia que ni siquiera utilizan.

“Ciertamente no es la intención del Señor invertir el proceso y hacer que el rico se haga pobre y el pobre, rico. Lo que le gustaría al Señor es tener una situación más equitativa, donde todos trabajen y disfruten de los frutos de toda la tierra…

“El hombre limitaría la pobreza por medio del control de la natalidad y el aborto. El Evangelio limitaría la pobreza a través de una mejor distribución de la riqueza del mundo, de la cual dice el Señor que hay ‘suficiente y de sobra’ y que ‘los caminos del hombre no siempre son los caminos de Dios’.

“El Señor Jesucristo no vino con la espada, ni con las llaves de la cárcel, ni con poderes legales. Él no vino con el poder de las armas ni las municiones, sino con la ley de la persuasión. Mientras Él predicaba la justicia, el mundo peleaba, pecaba, y moría en su hedor. El Evangelio es para todos, pero también para cada uno. El inmenso mundo corrupto y moribundo puede curarse; pero el único remedio es que apliquemos el Evangelio en nuestra vida. Es necesario cambiar y controlar la naturaleza humana…

“Mientras me encontraba en Lima, Perú, un grupo de hombres de la prensa de los periódicos más importantes me rodearon en la casa de la misión… Y cuando la mayoría de ellos había tomado sus notas y partido aparentemente satisfechos, un joven permaneció para interrogarme. Esta vez, sus preguntas se enfocaron en la poligamia, el racismo, la pobreza y la guerra. Traté de responder sus preguntas insinuantes de una manera significativa y respetuosa… Desdeñosamente preguntó por qué la Iglesia ‘mormona’ no había curado a este mundo de la pobreza. Entonces le respondí lo siguiente.

“¡Señor! ¿Qué es lo que usted me pregunta? ¿Sabe usted acaso dónde nace la pobreza, dónde reside y dónde se nutre? He viajado por todo su país desde la costa hasta las montañas más altas… He visto a su pueblo montañés apenas labrando una existencia con herramientas primitivas y viviendo en chozas sucias, con alimentos limitados y una ausencia total de lujos. En su gran ciudad veo mansiones y palacios, pero también veo las numerosas casas de cartón y latas al igual que los desnutridos cuerpos de sus indios que radican tierra adentro y en las montañas. He visto sus catedrales con altares de oro y plata y sus mendigos sobre los fríos pisos de estos mismos edificios, con sus delgados brazos extendidos y sus manos dirigiéndose hacia aquéllos que van para contemplar y adorar. Y usted me pregunta a  sobre la pobreza. He atravesado las montañas de los Andes y llorado por los indios que aún son perseguidos, privados, sobrecargados e ignorados. Llevan sobre sí sus pesares y sus preocupaciones y sobre sus espaldas lo que han comprado y la mercancía para vender en el mercado. Y cuando llegan a las grandes ciudades veo que son despreciados, ignorados y rechazados. Han estado con ustedes por cuatrocientos años, y durante esos cuatro siglos sólo han sido indios pobres y necesitados que apenas han subsistido. Durante cuatrocientos años, al igual que los hijos de Israel, han estado en una esclavitud literal. Acompañando su miserable pobreza están generaciones de ignorancia y superstición, de hambre y pestilencia al igual que las difíciles condiciones de vida que la naturaleza les presenta. Y usted me viene a hablar a  de la pobreza, de la privación, del sufrimiento y de la necesidad.

“Los han tenido por cuatrocientos años. ¿Han mejorado sus normas morales, disminuido sus supersticiones, enriquecido su cultura? ¿Se han elevado sus ideales, motivado sus aspiraciones, se ha aumentado su producción y su fe ha crecido? ¿Qué han hecho ustedes por ellos? ¿Están en mejores condiciones ahora en los Andes, que cuando ustedes llegaron hace cuatro siglos?…

“Recogió sus papeles y sus lápices.

“Y seguí deliberando:

“Nosotros también tenemos indios, indios que provenían de chozas en el desierto, donde imperaba la inanición, y ahora, en una sola generación, ya están bien vestidos, bien educados, cumpliendo misiones, obteniendo grados universitarios, y ganando buenos sueldos y ocupando puestos de importancia en sus comunidades y en su nación” (The Gospel Solves Problems of the World, discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, 26 de septiembre de 1971, págs. 2–3, 7–8).

“CUANDO EL MUNDO SE HAYA CONVERTIDO”

Spencer W. Kimball fue apartado como Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles el 7 de julio de 1972, y el 30 de diciembre de 1973, después de la muerte del presidente Harold B. Lee, fue ordenado y apartado como Presidente de la Iglesia, llamamiento que le concedió el derecho de ejercer todas las llaves del reino de Cristo aquí en la tierra.

En abril de 1974, en un discurso dirigido a los Representantes Regionales de la Iglesia, el presidente Kimball expresó con poder su convicción acerca de nuestras responsabilidades de llevar adelante la obra misional a fin de cumplir con el mandato del Señor de “por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19)

“¿Se refería a todas las naciones existentes en ese entonces?

“¿Creen ustedes que incluía a todas las naciones que habrían de organizarse hasta que ese momento llegase? Y al mandarles que fuesen a todas las naciones, ¿creen que dudaba de que pudieran lograrlo? Él nos aseguró que tenía potestad: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra… y estoy con vosotros todos los días’…

“…A [los] profetas se les permitió ver los numerosos espíritus y todas las creaciones. Me parece que el Señor eligió cuidadosamente Sus palabras cuando se refirió a: ‘todas las naciones’, ‘toda la tierra’, ‘lo último de la tierra’, ‘toda lengua’, ‘todo pueblo’, ‘toda alma’, ‘todo el mundo’, ‘muchas tierras’.

“¡Por supuesto que Sus palabras tienen significado!

“Ciertamente sus ovejas no se limitaban a los miles que le rodeaban y con quienes estaba diariamente en contacto. Se trataba de, ¡una familia universal!, ¡un mandamiento universal!

“Hermanos, me pregunto si estamos haciendo todo lo que podemos. ¿Estamos satisfechos con nuestra forma de enseñar a todo el mundo? Hemos estado realizando la obra proselitista durante 144 años, ¿estamos preparados para acelerar el paso?, ¿para ampliar nuestra perspectiva?

“Recordemos siempre que Dios es nuestro aliado, nuestro jefe supremo. Él hizo los planes y dio la voz de mando” (“Id por todo el mundo”, Liahona, noviembre de 1974, págs. 2–3).

Israel debe congregarse, los descendientes de Lehi deben llegar al conocimiento del Evangelio, el reino de Dios debe expandirse y el mundo debe ser amonestado. No es de extrañarse que el profeta nos haya llamado a alargar el paso y a ampliar nuestra perspectiva. El presidente Kimball vislumbró los resultados mediante la fe.

PIDIÓ MISIONEROS MEJOR CAPACITADOS

El presidente Spencer W. Kimball declaró que todo joven digno y capaz debe prepararse para cumplir una misión:

“Cuando pido misioneros, no pido misioneros sin testimonios ni misioneros inmorales; pido que comencemos a preparar antes y mejor a nuestros jóvenes, en todas las ramas y en todos los barrios de la Iglesia del mundo. He aquí otro cometido: que nuestros jóvenes lleguen a comprender que cumplir una misión constituye un gran privilegio, y que deben hallarse en buenas condiciones físicas, mentales y espirituales; y además, que ‘el Señor no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia’ (véase D. y C. 1:31).

“Pido misioneros que hayan sido instruidos y preparados, tanto en el seno familiar como en las organizaciones de la Iglesia, y que lleven a la misión grandes anhelos. Pido… que preparemos a nuestros futuros misioneros mucho mejor, con más anticipación y durante más tiempo, de manera que cada uno espere su llamamiento con gran gozo…

“Frecuentemente surge la pregunta: ¿Debe todo joven cumplir una misión? La respuesta afirmativa la ha dado el Señor. ‘Todo hombre joven ha de cumplir una misión’ (Véase D. y C. 133:8; véase también D. y C. 63:37)…

“No estableció fronteras.

“La respuesta es ‘sí’. Cada hombre debe también pagar sus diezmos; cada hombre debe observar el día de reposo, asistir a las reuniones, casarse en el templo, y capacitar adecuadamente a sus hijos, y hacer muchas otras obras justas. Claro que debería, pero no siempre lo hace.

“Nos damos cuenta de que si bien todos los varones deben definitivamente cumplir una misión, no todos están preparados para ir a enseñar el Evangelio al extranjero. Demasiados muchachos llegan a la edad requerida sin tener absolutamente ninguna preparación para la misión, y desde luego, no deben ir. Pero todos deben estar preparados. Hay unos cuantos cuyas condiciones físicas no les permiten cumplir con el servicio misional, aunque Pablo también sentía los aguijones en el costado. Hay demasiados incapacitados por sus condiciones emocionales, mentales y morales porque no han conservado su vida limpia y en armonía con el espíritu de la obra misional. Éstos deberían haberse preparados. Pero, como han quebrantado las leyes, pueden verse excluidos, y en esto yaceuno de nuestros más grandes cometidos: el de mantener dignos a nuestros muchachos. Sí, decimos que todo hombre digno y capacitado debe tomar la cruz y llevarla al hombro. ¡Qué ejército tendríamos entonces que enseñara sobre Cristo y Su resurrección! Sí, deben prepararse como de costumbre y ahorrar dinero para la misión, y estar siempre dispuestos a servir con corazón alegre” (véase “Id por todo el mundo”, Liahona, noviembre de 1974, págs. 7–8).

“¿QUIÉN LES DIO SU VOZ?”

El élder Rex D. Pinegar, en ese entonces miembro del Quórum de los Setenta, compartió la siguiente enseñanza del presidente Spencer W. Kimball:

“Mientras estaba en una Conferencia de Área en Argentina, en el año 1975, el presidente Kimball se dirigió a una numerosa congregación de jóvenes y, poco después de haber empezado, puso a un lado el texto original de su discurso y compartió con ellos una experiencia personal. Después de preguntarles, ‘¿quién les dio la voz que tienen?’, les relató la prueba que tuvo que pasar cuando se sometió a una delicada intervención quirúrgica. Les explicó que el Señor le había salvado la voz, y que aunque no era la misma que había tenido antes y ya no podía cantar como le gustaba hacerlo, por lo menos tenía voz. Reconoció que su voz no es muy atractiva, pero yo les puedo asegurar que era hermosa cuando enseñó esa noche; es más, a medida que iba hablando, los jóvenes se mostraban conmovidos aun antes de que el intérprete hablara. También les dijo que ‘servir una misión es como pagar los diezmos: nadie nos obliga, simplemente lo hacemos porque es lo correcto; nuestro deseo de salir como misioneros se basa en nuestro conocimiento de que eso es lo que el Señor espera de nosotros. El Salvador no dijo: “Si es conveniente, vayan”. Él dijo: “Id por todo el mundo…” (Marcos 16:15). Además, el presidente Kimball explicó que es responsabilidad de las jóvenes ayudar a los muchachos a permanecer dignos y animarlos para que salgan como misioneros.

“Al terminar su discurso, preguntó: ‘¿Acaso el Señor no les dio su voz para que puedan enseñar el Evangelio?’ Testificó luego que él había comprendido que él tiene voz, y nosotros también, para predicar el Evangelio de Jesucristo y testificar de las verdades que le fueron reveladas al profeta José Smith. El presidente Kimball nos enseña la perspectiva correcta de la vida” (véase Rex Pinegar, “El profeta”, Liahona, febrero de 1977, págs. 29–30).

DIO A CONOCER LA RAZÓN MÁS IMPORTANTE DE LA OBRA MISIONAL

El amor del presidente Spencer W. Kimball por la obra misional se hizo evidente en el hecho de que abordaba el tema constantemente: “Si no hubiese conversos, la Iglesia se reduciría y desaparecería. Pero tal vez la razón más poderosa de la obra misional sea brindar al mundo la oportunidad de escuchar y aceptar el Evangelio. Las Escrituras están repletas de mandatos, promesas, llamamientos y galardones concernientes a la enseñanza del Evangelio. He usado deliberadamente el término ‘mandato’ pues parece ser una orden directa a la cual no podemos escapar ni individual ni colectivamente” (Spencer W. Kimball, “Id por todo el mundo”, Liahona, noviembre de 1974, pág. 2).

DEBEMOS CUMPLIR CON NUESTRA RESPONSABILIDAD MISIONAL A NIVEL MUNDIAL

El presidente Spencer W. Kimball declaró:

“Ante nosotros se destaca la grandiosidad de la obra, cuando consideramos que la población del mundo se va acercando a los cuatro mil millones.

“No pretendo engañarme, pensando que éste será un asunto fácil que no necesitará esfuerzo, o que pueda hacerse de la noche a la mañana, pero tengo la fe en que podemos seguir adelante y extendernos mucho más rápido de lo que lo estamos haciendo…

“Cuando hayamos aumentado la cantidad de misioneros en las regiones organizadas de la Iglesia a un número cercano al potencial, o sea, que todo joven capacitado y digno vaya a una misión; cuando todas las estacas y misiones del extranjero proporcionen misioneros suficientes para sus respectivos países; cuando utilicemos los servicios de nuestros hombres capaces para ayudar a los apóstoles a abrir esos nuevos campos de labor misional; cuando usemos los satélites especiales y otros descubrimientos de este tipo al máximo de su potencial, como asimismo todos los medios de comunicación, como diarios, periódicos, revistas, televisión, radio, hasta el límite de su utilidad; cuando organicemos numerosas estacas nuevas, que constituyan el punto de partida para este fin; cuando saquemos de la inactividad a los numerosos jóvenes que hasta ahora no han sido ordenados en el sacerdocio, ni han servido en una misión, ni se han casado; entonces, y sólo entonces, nos acercaremos al cumplimiento de la meta fijada por nuestro Señor y Maestro de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura” (Ensign, octubre de 1974, págs. 13–14).

EL EVANGELIO TRIUNFARÁ

El presidente Spencer W. Kimball indicó:

“Si hacemos todo lo que podemos, y yo personalmente acepto mi parte en tal responsabilidad, estoy seguro de que el Señor proporcionará más descubrimientos para que podamos utilizarlos. Producirá un cambio en el corazón de reyes, de magistrados y de emperadores, y si fuera necesario, desviará el curso de los ríos, formará mares o encontrará las formas necesarias para inspirar el corazón de la gente. Él abrirá las puertas y hará posible el proselitismo. Tengo una gran fe en ello.

“Del Señor tenemos la promesa de que el maligno jamás tendrá el poder de frustrar totalmente la obra que Él nos ha mandado a cumplir.

“ ‘Este reino continuará aumentando y desarrollándose, extendiéndose y prosperando cada vez más y más. Cada vez que sus enemigos emprendan la tarea de derrocarlo, en lugar de disminuir o debilitarse, continuará aumentando, llegando a ser evidente a las naciones por sus maravillas, hasta que llene toda la tierra’ ” (véase Spencer W. Kimball, “Cuando el mundo sea convertido”, Liahona, octubre de 1974, pág. 5).

ENSEÑÓ ACERCA DEL MILAGRO DEL PERDÓN

El presidente Kimball enseñó extensamente acerca del principio del arrepentimiento, y sus enseñanzas han tenido una influencia positiva en la vida de muchos. El élder Boyd K. Packer reconoció esa gran influencia y escribió lo siguiente: “El mismo presidente Kimball es un cirujano experto en varios aspectos; no un doctor en medicina, sino un médico del bienestar espiritual, pues muchos han sido los cánceres espirituales que ha extirpado, muchos los defectos de carácter que ha quitado, muchas y variadas enfermedades espirituales que se han curado gracias a sus esfuerzos. Él ha rescatado incluso a algunos que se encontraban al borde mismo de la destrucción espiritual. Ha escrito un libro titulado El Milagro del Perdón, que requirió años de preparación. Muchos se han sentido protegidos por sus consejos y a otros ha inspirado para que pusieran en orden su vida, haciéndoles experimentar ese milagro” (véase Boyd K. Packer, “Spencer W. Kimball: un hombre diferente”, Liahona, julio de 1974, pág. 4).

ENSEÑÓ ACERCA DEL VERDADERO ARREPENTIMIENTO

El presidente Kimball explicó:

“En ocasiones es más fácil definir algo diciendo lo queno es.

“El arrepentimiento no es repetir el pecado; no es tomarlo a la ligera; no es tratar de justificarlo. El arrepentimiento no es perder la sensibilidad espiritual;no es minimizar la gravedad del error; no es dejar de ser activo en la Iglesia; no es esconder el pecado, lo cual corroe y sobrecarga espiritualmente al pecador…

“El verdadero arrepentimiento consta de muchos elementos y cada uno está relacionado con los demás.

“El presidente Joseph F. Smith trató muy bien este tema:

“ ‘El verdadero arrepentimiento no es sólo el pesar que sentimos por haber pecado y una humilde penitencia y contrición ante Dios, sino que también incluye la necesidad de apartarse del mal y de abandonar todo hecho malo; es una reforma total de la vida, un cambio vital del mal al bien, del vicio a la virtud, de la oscuridad a la luz, y no sólo eso, sino que también se debe hacer restitución, en lo posible, por todos los daños que se hayan infligido, pagar por el pecado cometido y restaurar los derechos ajenos que se hayan violado. Esto es el verdadero arrepentimiento, y es necesario ejercer al máximo toda la voluntad necesaria y el poder del cuerpo y de la mente para completar esta gloriosa obra’.

“El verdadero arrepentimiento es individual y no se puede lograr en forma vicaria; no se puede comprar, pedir prestado ni vender. No hay ningún camino fácil que conduzca hasta él: ya se trate del hijo de un presidente o la hija de un rey, de un emperador o un humilde campesino, el pecador debe arrepentirse y su arrepentimiento debe ser personal, individual y humilde.

“Sea gordo o flaco, guapo o feo, alto o bajo, intelectual o de pocos estudios, debe cambiar su manera de vivir mediante un arrepentimiento real y humilde.

“Se debe tener consciencia de la culpabilidad sin tratar de hacerla a un lado; se debe reconocer y no justificar; debe dársele su importancia plena. Si es una falta grave, no se debe tomar a la ligera ni restarle magnitud; si la deuda del pecado equivale a diez mil talentos, no se debe estimar como una de cien denarios; si mide un kilómetro, no debe reducirse a cinco metros ni un metro; y por último, si pesa una tonelada, no debe considerarse como un pecado de un kilogramo…

“El verdadero arrepentimiento implica perdonar a todos los demás. Una persona no puede obtener el perdón si guarda rencor contra otros. Debe ser ‘misericordioso con [sus] hermanos; [tratarlos] con justicia, [juzgarlos] con rectitud, y [hacer] lo bueno sin cesar…’ (Alma 41:14).

“Se debe abandonar totalmente la transgresión, en forma sincera, constante y continua. En 1832 el Señor dijo: ‘…id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque, dice el Señor vuestro Dios’ (D. y C. 82:7).

“Y un cambio momentáneo y temporal no es suficiente…

“La verdadera confesión no significa sólo dar a conocer ciertas acciones, sino también alcanzar la paz, lo cual evidentemente no se puede lograr por ningún otro medio.

“Con frecuencia las personas relacionan el arrepentimiento con el tiempo: ¿Cuánto tiempo debe pasar para que sean perdonados? ¿Cuándo podrán ir al templo?

“El arrepentimiento no tiene límite de tiempo. La evidencia de que una persona se ha arrepentido es la transformación de la vida. Ciertamente debemos tener en cuenta esto si deseamos mantener nuestros valores intactos y hacer evaluaciones correctas.

“Ciertamente es necesario que comprendamos que el castigo por el pecado no es resultado de un sádico deseo del Señor; por eso, cuando las personas cometen grandes inmoralidades u otros pecados comparables, es indispensable que haya tribunales con la jurisdicción adecuada que tomen cartas en el asunto. Hay personas a quienes les es imposible arrepentirse hasta que hayan sufrido mucho. Éstas no pueden dirigir sus pensamientos por cauces limpios; no pueden controlar sus actos ni pueden planear adecuadamente su futuro hasta después de haber perdido aquellos valores que no apreciaban plenamente. Por lo tanto, el Señor ha prescrito la correspondiente excomunión, suspensión o período de prueba. Esto va de acuerdo con la declaración de Alma de que no hay arrepentimiento sin sufrimiento, y éste no existe si las personas no llegan a reconocer su pecado y a tener conciencia de su culpabilidad.

“La privación de privilegios es una forma de castigo; por lo tanto, si a una persona no se le permite participar de la Santa Cena, ejercer el sacerdocio, ir al templo ni hablar u orar en cualquiera de las reuniones, esto constituye una vergüenza, una privación y un castigo. De hecho, el principal castigo que la Iglesia impone es la privación de privilegios…

“El verdadero arrepentimiento debe incluir la restitución. Hay pecados, como el robo, por los cuales se puede hacer restitución; pero hay otros, como el asesinato, el adulterio o el incesto, que no admiten restitución alguna. Uno de los requisitos del arrepentimiento es obedecer los mandamientos del Señor; quizás sean pocas las personas que comprendan la importancia que ello tiene. Aunque se puede abandonar completamente el pecado y aun confesarlo al obispo, el que no lleva una vida de buenas acciones, servicio y rectitud, lo cual el Señor ha indicado que es necesario, es que no se ha arrepentido: ‘…el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado’ ” (“What Is True Repentance,” New Era, mayo de 1974, págs. 4–5, 7).

“TODO HOMBRE FIEL Y DIGNO DE LA IGLESIA TIENE DERECHO A RECIBIR EL SANTO SACERDOCIO”

“Habrá quizás pocos acontecimientos que hayan tenido el impacto que tuvo en la expansión del Evangelio por todo el mundo, la revelación que recibió el presidente Spencer W. Kimball en 1978, por la cual se extendía el sacerdocio a todo varón digno, fuera cual fuera su raza. Desde hacía tiempo, las Autoridades Generales habían estado tratando ese asunto a fondo en las reuniones regulares que se realizaban en el templo. El presidente Kimball iba también al templo con frecuencia, especialmente los sábados y domingos porque podía estar a solas, donde oraba suplicando guía. ‘Quería estar seguro’, explicó él después” (véase “ ‘News’ Interviews Prophet”, Church News, 6 de enero de 1979, pág. 4).

“El 1 de junio de 1978, el presidente Kimball se reunió con sus consejeros y el Consejo de los Doce y les habló otra vez de la posibilidad de conferir el sacerdocio a los varones de toda raza que fueran dignos; también les expresó la esperanza de recibir una respuesta clara, ya fuera afirmativa o negativa. El élder Bruce R. McConkie, del Quórum de los Doce Apóstoles, relató lo siguiente: ‘Dicho esto, el presidente Kimball preguntó a los hermanos si alguien deseaba expresar sus sentimientos y opinión. Todos lo hicieron, libre y extensamente. Cada quien expuso su punto de vista y manifestó el sentir de su corazón. Hubo maravillosas expresiones de unidad, solidaridad y acuerdo en el consejo’ (Bruce R. McConkie, “The New Revelation on Priesthood”, Priesthood, 1981, pág. 27).

“Después de deliberar durante dos horas, el presidente Kimball pidió al grupo que se uniera con él en oración y sugirió humildemente que se le dejara ser el portavoz. Él describió así aquel momento:

“ ‘Le dije al Señor que si no estaba bien, si Él no quería que ocurriera ese cambio en la Iglesia, yo seguiría siendo leal a Su voluntad todo el resto de mi vida, y que pelearía contra el mundo, si eso era lo que Él deseaba.

“ ‘Pero la revelación y la seguridad me sobrevinieron con tanta claridad que no hubo lugar a dudas.

“El presidente Gordon B. Hinckley estaba presente en aquella histórica reunión y la describió así: ‘En la sala se percibía una atmósfera venerable y sagrada. A mí me pareció como si se hubiera abierto un conducto de comunicación entre el trono celestial y el suplicante Profeta de Dios arrodillado y rodeado de sus hermanos…

“ ‘Por el poder del Espíritu Santo, todos los hombres que nos hallábamos en aquel círculo sentimos y supimos la misma cosa…

“ ‘…Ninguno de los que estábamos presentes en aquella ocasión volvió a ser la misma persona después de eso. Tampoco la Iglesia ha vuelto a ser exactamente la misma…

“ ‘De aquella manifestación están surgiendo enormes y eternas consecuencias para millones de personas por toda la tierra…

“ ‘Ello ha abierto grandes regiones del mundo para la prédica del Evangelio sempiterno. Ha hecho posible que ‘todo hombre testifique en el nombre de Dios, aun el Salvador del mundo’.

“ ‘Tenemos motivo para regocijarnos y alabar al Dios de nuestra salvación por haber presenciado este día glorioso” (La Historia de la Iglesia en el Cumplimiento de los Tiempos, pág. 648).

LA IGLESIA LAMENTÓ LA PÉRDIDA DE UN GRAN HOMBRE

El presidente Spencer W. Kimball falleció el 5 de noviembre de 1985. Durante su período administrativo, los miembros aceptaron el cometido de “alargar el paso”, y para ello concentraron sus esfuerzos en la obra misional, la construcción de templos y en todos los aspectos del Evangelio. Había servido en calidad de apóstol durante treinta años antes de asumir el cargo de presidente de la Iglesia, y aunque los que trabajaron con él lo admiraban por sus muchas habilidades, apenas podían ponerse a la par del ritmo de vida que él llevaba. Estableció normas elevadas tanto para la Iglesia como para sí mismo. Su lema, “Hazlo”, alentó a otros a dar lo mejor de sí mismos y a no malgastar el tiempo que podían aprovechar para edificar el reino del Señor.

Su vida fue un ejemplo claro del consejo que nos dio: “Recuerden que a aquellos que han llegado a lugares altos, no les ha sido fácil lograrlo” (véase Spencer W. Kimball, “Los Davids y los Goliats”, Liahona, marzo de 1975, pág. 30).

Un comentario en “28 de marzo: Cumpleaños de Spencer W. Kimball

  1. NUNCA PODREMOS OLVIDAR SUS ENSEÑANZAS QUE NOS LLEGAN AL CORAZON Y ERAN INSPIRADAS POR EL ESPIRITU DE NUESTRO SALVADOR.

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