Experiencias en Halloween del Pdte. Thomas S. Monsón


El presidente Thomas S. Monson tuvo dos experiencias muy interesantes relacionadas con la fiesta de Halloween. Entérese de ellas en ZONA MORMÓN.

El presidente Thomas S. Monson tuvo dos experiencias muy interesantes relacionadas con la fiesta de Halloween. Entérese de ellas en ZONA MORMÓN.

El Presidente Monson tuvo dos experiencias muy interesantes donde cita la fiesta de Halloween. Son dos historias que inspiran y ayudan a comprender el valor del servicio. En esta temporada previa a la noche de brujas, le invitamos a disfrutarlas y compartirlas con la familia.

La destructora de pelotas de béisbol

De diácono, me gustaba mucho el béisbol; y todavía me gusta. Tenía un guante de béisbol con el nombre “Mel Ott” inscrito; era el héroe de béisbol de mi época. Mis amigos y yo jugábamos en un callejón que había detrás de donde vivíamos; el campo de juego era limitado, aunque nos servía siempre que bateáramos derecho al centro; pero si bateábamos a la derecha, podía ocurrir un desastre: allí vivía una señora que nos observaba; tan pronto como la pelota entraba en el porche de su casa, el perro la recogía y se la entregaba; ella volvía a entrar y la agregaba a la colección de las que ya nos había confiscado.

Ella era nuestra amenaza, la destructora de nuestra diversión, la ruina de nuestra existencia. Ninguno de nosotros tenía un adjetivo amable para describirla, pero nos sobraban los adjetivos desagradables. En Halloween  [especie de carnaval que se festeja en los Estados Unidos la víspera del día de Todos los Santos], sus ventanas eran las que quedaban más llenas de jabón. Nosotros no le hablábamos ni ella nos dirigía la palabra. Tenía una pierna lisiada que le dificultaba caminar y tal vez le causara dolor. Ella y su marido no tenían hijos, vivían muy aislados y casi no salían de la casa.

Esta guerra privada se prolongó por un tiempo, unos dos años, hasta que un momento de inspiración derritió el hielo y llevó el calor de los buenos sentimientos a un conflicto sin solución. Una noche, mientras me hallaba en la tarea de regar con la manguera el césped del frente de nuestra casa, note que el de esta vecina estaba seco y amarillento. Sinceramente, no sé qué me pasó, pero después de regar nuestro césped me puse a regar el suyo; seguí haciéndolo todas las noches y, al llegar el otoño, limpie las hojas secas y las apile junto a la calle para quemarlas. Durante todo el verano no había visto a la vecina. Habíamos dejado de jugar al béisbol en el callejón, porque ya no nos quedaban pelotas y no teníamos dinero para comprar más.

Una noche, la puerta del frente se abrió y mi vecina me hizo señas de que me acercara; así lo hice, y al llegar junto a ella, me invitó a entrar en la sala y me ofreció una cómoda silla para que me sentara. Después, fue a la cocina de la que volvió con una gran caja llena de pelotas que representaban los esfuerzos de largo tiempo de confiscación, y me la entregó. El tesoro no consistía, sin embargo, en el contenido de la caja sino en su voz y en la sonrisa que vi por primera vez en su rostro, mientras me decía: “Tommy, quiero darte estas pelotas y agradecerte por haber sido bueno conmigo”. Le di las gracias y salí de allí siendo un muchacho mejor que cuando había entrado. Ya no éramos enemigos, sino amigos. Una vez más se puso de manifiesto la Regla de Oro.

Fuente: lds.org

La noche de Halloween que siempre recordaré

Hace muchos años, en una noche de Halloween, tuve el privilegio de ayudar a una persona que por un tiempo se había descarriado del camino y que necesitaba una mano de ayuda para regresar. Manejaba de regreso a casa desde la oficina; era bastante tarde; había estado haciendo tiempo para dejar que mi esposa se encargara de los visitantes que vendrían a pedir dulces. Al pasar el hospital St. Mark’s en Salt Lake City, recordé que Max, un buen amigo, yacía enfermo en ese mismo hospital. Cuando nos conocimos, años atrás, nos dimos cuenta de que habíamos vivido en el mismo barrio aunque en diferentes épocas. Cuando nací, Max y sus padres se habían mudado del barrio.

Esa noche de Halloween, estacioné el auto y entré al hospital. Al preguntar el número de su cuarto al encargado, se me informó que cuando Max había ingresado en el hospital, había declarado que no era SUD, sino que era de otra Iglesia.

Entré al cuarto de Max y lo saludé. Le dije cuán orgulloso me sentía de ser su amigo y cuánto me preocupaba por él. Hablé de su carrera en el banco y de sus actividades fuera del trabajo como director de orquesta. Me enteré de que se había ofendido por un par de comentarios de otras personas y que había decidido asistir a otra Iglesia. Le dije: “Max, tú posees el sacerdocio de Melquisedec. Me gustaría darte una bendición esta noche”. El aceptó, y se efectuó la bendición; después, me informó que su esposa, Bernice, también estaba muy enferma y que, de hecho, se encontraba en el cuarto de al lado. Invité a Max para que me acompañara a darle una bendición. Me pidió que lo ayudara, le expliqué como hacerlo y él ungió a su esposa. Hubo lágrimas y abrazos por doquier después de que sellé la unción con Max, sus manos sobre la cabeza de su esposa junto a las mías; lo cual hizo de esa noche de Halloween una que siempre recordaremos.

Al salir del hospital esa noche, me detuve y le dije a la recepcionista que, con el permiso de Max y de su esposa, los registros personales de ellos deberían corregirse para reflejar su membresía en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esperé y observé hasta que el cambio se había efectuado.

Mis dos amigos Max y Bernice se encuentran ahora del otro lado del velo, pero pasaron los últimos días de su vida activos y contentos, y recibieron las bendiciones que proceden de tener un testimonio del Evangelio y de asistir a la Iglesia.

Fuente: lds.org